Pendrakul
20-Dec-2006, 18:48
Historia de las Hermanas de la Luz y la Oscuridad
Este período marca el nacimiento del mundo y de los cielos. Después de que el Señor Ao creara el Espacio de los Reinos, hubo un período en el que imperaba la nada, un nebuloso de sombras antes de que la luz y la oscuridad se convirtiesen en entidades separadas. En medio de este caos de tinieblas, aguardaban trece señores de las sombras, los shadevari. Nadie sabe a ciencia cierta si son hijos de la sombra o proceden de algún otro lugar.
Con el tiempo, esta esencia primordial se fundió en dos bellas diosas gemelas que eran como el yin y el yang. Estaban tan unidas que se sentían un único ser. La Diosa de los Dos Rostros creó los cuerpos celestiales de la esfera de cristal y les infundió vida para formar la Madre Tierra, Khauntea. (Aunque desde entonces la esencia de Khauntea únicamente abarcaría Abeir-Toril, al principio incluía toda la materia en el Espacio de los Reinos.) Este nuevo universo estaba iluminado por el rostro de la diosa de cabellos plateados, que se hacía llamar Selune, y ensombrecido por Shar, la diosa de cabellos negros como el azabache, pero todavía no existía ni el calor ni el fuego.
Khauntea suplicó que se le concediera calor para así poder alimentar a la vida y a las criaturas de los planetas, que eran como sus propios hijos. Y las dos hermanas Que-Eran-Una-Sola se dividieron pues, por primera vez, poseían dos mentes separadas. La plateada Selune se enfrentó a su sombría hermana a la hora de decidir si debían infundir más vida sobre los mundos. Durante esta gran conflagración, a partir de los residuos de la batalla entre las deidades se crearon los dioses de la guerra, de la enfermedad y de la muerte, entre otros. Llegó un momento en la batalla en que Selune aprovechó la oportunidad para atravesar el tiempo y el espacio y alcanzar una tierra de fuego eterno. Resistió el dolor provocado por las llamas, que le produjeron graves quemaduras, y arrancó un fragmento de aquella llama perpetua con el que encendió uno de los cuerpos celestiales para que ardiera en el cielo y diese calor a Khauntea.
Encolerizada, Shar tomó represalias contra su hermana gemela, que se hallaba herida, y empezó a extraer toda la luz y el calor a través de la esfera de cristal. Una vez más, Selune se sacrificó y arrancó parte de la esencia divina de magia de su cuerpo, arrojándola contra su hermana con el fin de proteger la vida en la esfera. En este esfuerzo de arrancar su mágica energía divina, casi resultó mortalmente herida. Pero con ello, llegó a crear la diosa de la magia, Mystryl, hoy en día conocida como Mystra. Aunque Mystryl se componía tanto de magia negra como blanca, apoyó a Selune (su primera madre) al principio, y de esta manera la diosa plateada logró acordar una tregua nada fácil con su más poderosa hermana sombría. Shar, consumida por la amargura de la derrota, le juró venganza eterna.
Las diosas gemelas lucharon durante millones de años mientras la vida surgía lentamente en Toril y otros planetas bajo la mirada atenta de Khauntea. Shar siguió siendo poderosa, aunque inmersa en una amarga soledad, mientras que el poder de Selune sufría altibajos y, a menudo, tenía que sacar fuerza de sus hijos, hijas y otras deidades que estaban de su parte. Con el tiempo, Shar volvió a recuperar su fuerza con la ayuda de los shadevari, que preferían la noche a la luz cegadora y que aguardaban el momento de poder fundir la luz y la oscuridad en un caos de penumbra como antaño. La conspiración de Shar para remodelar el mundo según sus deseos fracasó cuando Azut, el Grande, antes el más grandioso lanzador de conjuros de todos los mortales y casado con Mystra (la encarnación de Mystryl), descubrió la forma de capturar a los shadevari en una esfera de cristal diminuta situada más allá de los confines del mundo, creando la ilusión de un reino de sombras. Esto atrajo la curiosidad de los Señores de las Sombras y, antes de que pudieran descubrir el engaño, Azut capturó a los shadevari mediante la Estrella de Sombra, creada por Gond. El Gran Señor los lanzó a los confines infinitos del cosmos, permitiendo así que la vida siguiera floreciendo en las manos de Khauntea.
Este período marca el nacimiento del mundo y de los cielos. Después de que el Señor Ao creara el Espacio de los Reinos, hubo un período en el que imperaba la nada, un nebuloso de sombras antes de que la luz y la oscuridad se convirtiesen en entidades separadas. En medio de este caos de tinieblas, aguardaban trece señores de las sombras, los shadevari. Nadie sabe a ciencia cierta si son hijos de la sombra o proceden de algún otro lugar.
Con el tiempo, esta esencia primordial se fundió en dos bellas diosas gemelas que eran como el yin y el yang. Estaban tan unidas que se sentían un único ser. La Diosa de los Dos Rostros creó los cuerpos celestiales de la esfera de cristal y les infundió vida para formar la Madre Tierra, Khauntea. (Aunque desde entonces la esencia de Khauntea únicamente abarcaría Abeir-Toril, al principio incluía toda la materia en el Espacio de los Reinos.) Este nuevo universo estaba iluminado por el rostro de la diosa de cabellos plateados, que se hacía llamar Selune, y ensombrecido por Shar, la diosa de cabellos negros como el azabache, pero todavía no existía ni el calor ni el fuego.
Khauntea suplicó que se le concediera calor para así poder alimentar a la vida y a las criaturas de los planetas, que eran como sus propios hijos. Y las dos hermanas Que-Eran-Una-Sola se dividieron pues, por primera vez, poseían dos mentes separadas. La plateada Selune se enfrentó a su sombría hermana a la hora de decidir si debían infundir más vida sobre los mundos. Durante esta gran conflagración, a partir de los residuos de la batalla entre las deidades se crearon los dioses de la guerra, de la enfermedad y de la muerte, entre otros. Llegó un momento en la batalla en que Selune aprovechó la oportunidad para atravesar el tiempo y el espacio y alcanzar una tierra de fuego eterno. Resistió el dolor provocado por las llamas, que le produjeron graves quemaduras, y arrancó un fragmento de aquella llama perpetua con el que encendió uno de los cuerpos celestiales para que ardiera en el cielo y diese calor a Khauntea.
Encolerizada, Shar tomó represalias contra su hermana gemela, que se hallaba herida, y empezó a extraer toda la luz y el calor a través de la esfera de cristal. Una vez más, Selune se sacrificó y arrancó parte de la esencia divina de magia de su cuerpo, arrojándola contra su hermana con el fin de proteger la vida en la esfera. En este esfuerzo de arrancar su mágica energía divina, casi resultó mortalmente herida. Pero con ello, llegó a crear la diosa de la magia, Mystryl, hoy en día conocida como Mystra. Aunque Mystryl se componía tanto de magia negra como blanca, apoyó a Selune (su primera madre) al principio, y de esta manera la diosa plateada logró acordar una tregua nada fácil con su más poderosa hermana sombría. Shar, consumida por la amargura de la derrota, le juró venganza eterna.
Las diosas gemelas lucharon durante millones de años mientras la vida surgía lentamente en Toril y otros planetas bajo la mirada atenta de Khauntea. Shar siguió siendo poderosa, aunque inmersa en una amarga soledad, mientras que el poder de Selune sufría altibajos y, a menudo, tenía que sacar fuerza de sus hijos, hijas y otras deidades que estaban de su parte. Con el tiempo, Shar volvió a recuperar su fuerza con la ayuda de los shadevari, que preferían la noche a la luz cegadora y que aguardaban el momento de poder fundir la luz y la oscuridad en un caos de penumbra como antaño. La conspiración de Shar para remodelar el mundo según sus deseos fracasó cuando Azut, el Grande, antes el más grandioso lanzador de conjuros de todos los mortales y casado con Mystra (la encarnación de Mystryl), descubrió la forma de capturar a los shadevari en una esfera de cristal diminuta situada más allá de los confines del mundo, creando la ilusión de un reino de sombras. Esto atrajo la curiosidad de los Señores de las Sombras y, antes de que pudieran descubrir el engaño, Azut capturó a los shadevari mediante la Estrella de Sombra, creada por Gond. El Gran Señor los lanzó a los confines infinitos del cosmos, permitiendo así que la vida siguiera floreciendo en las manos de Khauntea.