CAPÍTULO 3 - LAZOS DE UNIÓN
1
No pudo hacer nada. No pudo evitar que el nigromante le arrastrara a las húmedas mazmorras de la torre, que le encadenara con grilletes a la pared de una celda, que le arrancara la ropa dejándole en paños menores mientras registraba las prendas minuciosamente. Luego vació el morral y examinó el uwen y un par de objetos mágicos de menor importancia, dejándolos caer descuidadamente sobre el suelo de piedra de la celda a medida que los descartaba. El archimago no encontró lo que buscaba.
Revertió el hechizo paralizante para poder interrogar al indefenso drow, y se colocó frente a su rostro, arrojándole a la cara el pútrido aliento que expiraba.
- ¿Dónde está la Piedra?
Kedair le miró perplejo. ¿Cómo demonios sabía de la existencia de la Piedra?
- ¿Qué piedra?-
- Veo que no me lo vas a poner fácil. Tanto mejor. Creo que sí me divertiré, después de todo- el elfo lo miró desafiante-. No, yo no voy a rebajarme a mancharme con tu sangre, pero sé quien está deseando ponerte la mano encima.
El liche se concentró y llamó a Bethkalu, dos veces. Conjuró entonces un vórtice, un pasillo interdimensional cuyo extremo sostenía la sacerdotisa drow con su magia. Un personaje entró en el vórtice y se materializó en la mazmorra: su hermano Demanel. El vórtice se diluyó en la nada.
- Bienhallado, Archimago- dijo el maestro de armas.
- Bienhallado, Maestro Demanel.
El recién llegado se acercó al cautivo con una perversa sonrisa de triunfo.
- Volvemos a encontrarnos, hermano, y en circunstancias más propicias que la última vez. Para mí, claro.
Kedair no dijo nada.
- Tienes algo que no te pertenece. ¿Dónde está?
Silencio.
Demanel le golpeó en el estómago con el puño. Los guantes del maestro de armas tenían en los nudillos unos triángulos de metal plateados, puestos ahí para hacer más daño. El drow se dobló todo lo que dieron de sí las cadenas, que mantenían sus brazos en alto sobre la cabeza.
- Robaste a tu propia casa, dejándonos a merced de las casas inferiores. Porque esa piedra fue un regalo de la misma Diosa a nuestra familia, y al llevártela nos condenas ante sus ojos. Sabes bien lo voluble que es la Reina Araña. Si perdemos su favor seremos atacados por quien lo reciba. Así que, ¿dónde está Das´Ashea?
Al no recibir respuesta, le golpeó de nuevo, dos veces, en el mismo sitio. Kedair se encogió y tosió entre arcadas, hubiera vomitado si hubiese tenido el qué.
- ¡Dónde está, maldito renegado!
- La perdí…- dijo enderezándose con esfuerzo, intentando recuperar la dignidad.
Sabía que su hermano no se lo tragaría, y tampoco lo dijo con esa intención, sino para evidenciar que no pensaba confesar. En consecuencia, aunque él ya se lo esperaba, le cayó encima una lluvia de golpes. Demanel ya no preguntó nada más, se limitó a estrellar su puño reforzado contra el cuerpo y la cara de su hermano una y otra vez. Kedair gruñía con rabia, impotente, a su merced, pero pronto el brutal castigo del maestro de armas le superó y la adrenalina abandonó su cuerpo, y los gruñidos se transformaron en leves gemidos a cada nuevo embate. Cuando se empezó a cansar, Demanel se ayudó con las piernas, propinándole tantas patadas bajas y altas como quiso, hasta que Kedair se desmayó.
Consiguió mover un dedo. Entonces, como si nunca hubiera existido el hechizo, Ashari recuperó la movilidad, y junto con ella los otros tres elfos. Bajó del caballo de un salto y corrió hasta la puerta cerrada de la torre, pero algo la rechazó con fuerza y rebotó dando con sus huesos en el suelo. Se levantó, dolorida, y volvió a intentarlo con idéntico resultado.
- No sigas, muchacha, no conseguirás atravesar la barrera- dijo el mago.
- Y tú, Galai, ¿no piensas hacer nada?
-Algo haré, aunque no estoy muy seguro de los resultados.
Los tres desmontaron, y mientras Semurel ataba a los caballos, el hechicero se acercó a la barrera y la tocó con cuidado.
- Mmmm… No va a ser fácil. Nunca se me han dado bien las barreras mágicas, y Krante´l ha hecho un buen trabajo…Si, muy bueno.
- Me alegro de que te guste, pero ¿podrás disiparla?
- Hum…hum
- Pues vaya un mago que estás hecho- refunfuñó Ashari.
- ¡Eh, niña, no te confundas!- bramó Galai con su gran ego herido- Es más difícil levantar una barrera que echarla abajo, así que no pierdas la fe. Y no he dicho que no pueda… Ahora silencio y dejadme trabajar.
El mago se concentró, recitó un conjuro, dos, tres… Nada, la barrera seguía en su sitio. Bufó y miró a los otros con el ceño fruncido. Ninguno se atrevió a decirle nada ante su mirada, así que el hechicero continuó su duelo personal blasfemando como un carretero. Probó un par de conjuros más, blasfemó de nuevo y la barrera continuó en su sitio, como una burla a sus limitados poderes, como una prueba de la superioridad de su malvado rival. No se dio por vencido, y de un mal humor que aumentaba a cada fracaso, recitó una nueva retahíla de palabras incomprensibles que sólo consiguieron que la barrera brillara y chisporroteara, pero que no la disipó.
Ashari, que estaba de peor humor que el mago a la par que llena de angustia y prisas, no aguantó más.
- Llevas una hora y media y sólo has conseguido una exhibición de fuegos artificiales… Galai, no puedes con su magia, reconócelo. Hay que buscar otro modo.
- Si, muchacha, tienes razón. Lamento no haberlo conseguido- reconoció el mago con una sorprendente humildad.
- ¿Qué podemos hacer?- intervino Semurel- ¿De qué otro modo podemos rescatar a Kedair?
- No hay ningún otro modo. Hay que atravesar la barrera, pues envuelve la torre entera.-dijo Galai- Si queremos entrar, hay que disipar esa magia con magia.
Ashari se desesperó. Volvió a lanzarse contra la barrera aún a sabiendas de que no conseguiría más que lastimarse, pero la inacción era peor que el dolor. Su primo y Antharid la agarraron a la fuerza y la alejaron, e intentaron tranquilizarla inútilmente. La muchacha rompió a llorar, impotente. Sentía que Kedair la necesitaba, que sufría. ¿Qué podía hacer ella?
El mago se acercó de improviso y la abrazó, afectado por el sufrimiento de la chica, preocupado por la suerte del drow. Acarició su cabeza paternalmente, y luego secó sus ojos con un pañuelo limpio. Hasta hizo que se sonara la nariz como una niña buena.
- Sólo se me ocurre una cosa más. Probaremos de nuevo, pero ésta vez debes confiar en mí y darme la Piedra negra.
Ashari le miró a los ojos largamente, evaluándolo. El mago sostuvo su mirada, como si sus ojos fueran dos ventanas directas a su alma. Ella vio nobleza en los ojos de Galai, siglos de servicio al bien a pesar de esos bruscos modos tan impropios de cualquier elfo. Vio bondad y sabiduría acumulada en una vida inusualmente larga, vio una gran preocupación por todos y cada uno de ellos, en especial por Kedair y mientras veía todo eso en los ojos del mago, su mano rebuscó en su bolsillo, sacó a Das´Ashea y la puso en la mano del hechicero.
2
Kedair volvió en sí al sentir el agua helada resbalar por su piel, llevándose gran parte de la sangre que le cubría y mezclándose con ella en su camino al suelo. Su hermano lanzó al otro lado de la celda el cubo y le levantó la cabeza de un fuerte tirón de pelos. El maltrecho drow miró a su hermano con el único ojo que pudo abrir, tan tumefacto e inflamado tenía el otro. Estaban solos, el archimago se había ido.
- Nadie te ha dado permiso para desmayarte, aún no he terminado contigo- gruñó Demanel.
Kedair logró escupirle a la cara a pesar de la hinchazón de sus labios y esbozó una sonrisa grotesca. El maestro de armas le abofeteó entonces con saña, y luego se limpió la saliva con la manga. Se alejó dos pasos y soltó una carcajada.
- ¡El héroe! ¡El leal y sufrido héroe! ¿De dónde demonios has salido tú, que tan distinto eres de los de tu raza? Eres conmovedoramente patético.
- No sabes nada…- balbuceó Kedair.- No tienes ni idea de lo equivocados que estáis todos.
-¡Idiota!-gritó el otro enfurecido-¡Estúpido idiota! ¡El equivocado eres tú! Eso a lo que te refieres no es más que debilidad, ¡debilidad!
Kedair se rió de él con una risa queda, burlona.
- Ignorantes… Sólo vivís para el poder, nada más cuenta. Dejáis pasar los siglos sirviendo los caprichos de una diosa que sólo juega con vosotros- dijo al cabo.
Demanel comenzó a pasear frente a él.
- Idiota…-repitió el maestro de armas- ¿Quieres que te demuestre lo pueril de tu actitud? ¿De qué vale tu sacrificio? ¡De nada! Siempre he sabido quién portaría la piedra en caso de no tenerla tú. La tiene ella. La paliza que te he dado no tenía otra razón que el placer que habría de proporcionarme, pues la información me la dio tu silencio, tu lealtad, tus ridículos sentimientos.
- No creerás que no supondría que llegarías a esa conclusión… Quizá no la tenga ella… Quizá Das´Ashea está escondida a buen recaudo.
Demanel volvió a agarrar el pelo de su hermano y tiró de él hacia arriba, lleno de ira, enfrentándose a su ensangrentado rostro.
- No subestimes a tu hermana, estúpido sentimental, ella sabe que la Piedra está aquí, puede sentirla. ¡Así que no intentes patéticas artimañas para proteger a esa perra humana!
Kedair le miraba nervioso ahora, su anterior sonrisa extirpada por las palabras de su hermano.
- Y hete aquí que ella, a quien proteges con tu silencio, aquélla por cuyo bienestar has dejado que te masacrara, está justo afuera, al alcance de mi mano- prosiguió Demanel-. Sabes, Bethkalu tiene muchas ganas de conocerla personalmente, de probar la resistencia de la muchacha, cosas suyas, ya sabes. No perdona tu traición, ni el papel de la humana en todo esto.
El drow se abalanzó hacia delante furioso, pero las cadenas frenaron su impulso.
-¡Déjala en paz! ¡No tienes nada contra ella, soy yo quien ha traicionado a la familia!
- Claro, claro, precisamente por eso, Kedair, el castigo corporal parece no ser suficiente para someterte. Te humillaré, te esclavizaré, te torturaré a través de ella. Y tú lo presenciarás sin poder hacer nada…Y entonces te darás cuenta de lo débil que te hace ese sentimiento.
Demanel rió a carcajadas, satisfecho al ver el efecto que tenían sus palabras sobre su hermano.
- No podrás capturarla, los elfos no te dejarán. Cualquiera de ellos acabará antes contigo- dijo Kedair rechinando los dientes.
- Qué equivocado estás… lo más divertido es que voy a usar esa debilidad para hacerla venir aquí por su propia voluntad. No tendré que enfrentarme con ninguno de ellos. Usaré eso que llamáis amor en contra vuestra, pero antes tomaré algo tuyo, por si dudara, algo que la espoleará a obedecer ciegamente…
Súbitamente, Demanel sacó su espada y de un certero golpe cercenó limpiamente el dedo meñique de su hermano. Kedair gritó mientras la extremidad caía y grandes gotas de sangre salpicaron el ya ensangrentado suelo. Luego vomitó bilis, mientras el maestro de armas recogía el dedo seccionado del suelo y salía de la mazmorra muy seguro de sí mismo, envainando la espada.
Justo cuando Galai se disponía a probar de nuevo sus hechizos con ayuda de la magia de la Piedra, la barrera se disipó sola y la puerta de la torre se abrió. El liche y Demanel salieron al exterior y se acercaron hasta una distancia prudencial de ellos.
- ¿Dónde está Kedair?- preguntó al instante Ashari, escupiéndole prácticamente las palabras al drow.
- Está en mi poder, naturalmente- dijo Demanel.
- Entréganoslo ahora mismo- exigió Galai.
- No estáis en posición de exigir nada- le cortó el archimago.
- Humana…No te entregaré a mi hermano, su delito es demasiado grave y vuestra fuerza escasa para arrebatárnoslo. Pero sí te permitiré que entres. Es más, te lo exijo- le dijo el maestro de armas a Ashari.
- ¿No te basta con un prisionero? ¿Acaso eres tan necio que crees que te vamos a proporcionar más?- preguntó el mago.
- Ella tiene algo que me pertenece- argumentó Demanel.
Ashari miró al mago, y éste entendió su mirada antes de que confesara que ese algo lo tenía él. La piedra no debía volver a esas manos.
- Ya sé que te mueres de ganas de ir con Kedair, pero sé sensata, no lo hagas, niña- le suplicó Galai.- No conseguirás más que empeorar las cosas.
Entonces, Demanel arrojó a los pies de Ashari el dedo de Kedair. Los cuatro lo miraron con horror.
- Ven, si no quieres que lo saque a trozos.
Ashari recogió el dedo y avanzó hacia el drow. Galai no tuvo valor para volver a intentar disuadirla de que no lo hiciera.
La muchacha y Demanel desaparecieron por la puerta. El archimago liche seguía frente a ellos.
- Ya es hora de que paséis a formar parte de mi ejército de vencidos. Debéis estar ansiosos, ya que aún permanecéis aquí.
- Esto es entre tú y yo, Krante´l.
- Está bien, entre tú y yo. De momento, hasta que acabe contigo. Luego me ocuparé de tus amigos. Porque te venceré, lo sabes, ¿verdad? No superas mi magia. No fuiste capaz ni de disipar mi barrera.
- Ya veremos- dijo Galai apretando con fuerza a Das´Ashea, y sintiendo su magia fluir desde la palma de su mano a todo su ser.
Demanel condujo a Ashari hasta la mazmorra sin violencia, casi con cortesía. Cuando la hechicera dobló el último recodo y alcanzó a ver a Kedair en su lamentable estado, el corazón le dio un vuelco y corrió hacia él. El drow se lo permitió con una sonrisa malévola.
- ¡Kedair! ¡Dioses! ¿Qué te ha hecho?- gimió ella acariciándole suavemente el rostro casi irreconocible.
- Ashari… No has debido venir…Quiere hacerte daño…- balbuceó él, derrotado ante la hábil maldad de su hermano.
A ella no le importó su propia persona, ella sólo le veía a él malherido y encadenado. Se acurrucó amorosamente contra su pecho con cuidado de no lastimarle, y él apretó el mentón contra su cara, mientras las lágrimas corrían por los rostros de ambos. Ahora Kedair tenía miedo, verdadero miedo. Conocía demasiado bien a su hermano. Llevaría a cabo sus amenazas y él no podría hacer nada…
Demanel arrancó a la chica del pecho de Kedair con brusquedad, la sujetó por la cintura desde detrás y tomó uno de sus rizos negros entre los dedos, acariciándolo mientras miraba a su hermano con provocación.
- No lo hagas…
- ¿Quién me lo va a impedir?- se burló el maestro de armas, al tiempo que deslizaba su mano desde la cintura de la hechicera hacia su pecho.
Ella, adivinando sus intenciones, se giró de improviso y le dio una sonora bofetada. El drow pareció divertido y excitado, y se abalanzó sobre la muchacha.
Demanel no era mucho más alto que ella, pero sí era más fuerte, y la derribó con facilidad. Se plantó a horcajadas sobre la hechicera, que pataleaba y lanzaba los puños con fiereza. Pronto la inmovilizó agarrándole las muñecas y estampándolas contra el suelo sobre la cabeza, y buscó su boca para besarla mientras Kedair gritaba amenazas fútiles y se revolvía desesperado intentando inútilmente liberarse de los grilletes. La chica le mordió el labio y le hizo sangrar, cosa que pareció excitarle aún más. Sujetando fuertemente sus muñecas con una mano, utilizó la otra para asestarle una fuerte bofetada que la dejó sin respiración e hizo que viera unas lucecitas ante sus ojos. El drow reanudó su acoso acariciando su cuerpo con la mano libre e intentando luego bajarle las polainas mientras volvía a besarla con furia, apretando tanto su boca que ni siquiera pudo ella intentar morderle de nuevo, haciéndole daño y casi ahogándola.
La invadió un profundo asco y la certeza de que estaba perdida, de que no podría evitar que Demanel consumara lo que se proponía. La fuerza bruta no le servía, pues él la superaba, la tenía inmovilizada, a su merced… ¿Qué podía hacer? Nadie iba a ayudarla…
Entonces se acordó de Vernelot. ¡El unicornio la ayudaría! Cerró los ojos y formó la imagen del magnífico animal en su mente, y luego pronunció su nombre en voz alta.
- Vernelot…ven a mi ¡Vernelot, te necesito, ven a mi si en algo me estimas!
Su lamento desesperado recorrió los planos aunque ella ignorara la fuerza de su llamada, y el unicornio la oyó y levantó la cabeza. Se alzó sobre sus patas traseras, relinchando, y se lanzó a la carrera hacia la voz urgente y amedrentada de su Aental´ne, sabiendo que estaba en peligro.
El primero en atacar fue el archimago. Su hechizo de fuego pasó alrededor de Galai sin tocarle, protegido por una esfera mágica, y por poco no chamusca a Antharid. Los dos guerreros corrieron a ponerse a cubierto.
El anciano elfo contraatacó entonces conjurando unos carámbanos puntiagudos de hielo, que lanzó de punta contra el liche. Este intentó desviarlos, pero no pudo evitar que algunos le alcanzaran y se clavaran en su cuerpo muerto. Miró a Galai asombrado por la fuerza del conjuro. El nigromante los fundió y desapareció, se hizo invisible. Galai entonces invocó unas pequeñas partículas que se pegaron a la figura transparente del archimago, revelándole. Viéndose descubierto, lanzó un hechizo de su escuela y al momento aparecieron sombras y algunos espectros con intención de atacar a Galai. Los dos elfos escondidos salieron entonces con las espadas en la mano dispuestos a luchar, evitando que molestaran al mago impidiéndole concentrarse. Galai convocó a un elemental de aire para que les ayudara, y luego desapareció un momento para volver a aparecer a unos metros, pero el nigromante le estaba esperando y le lanzó el letal conjuro dedo de la muerte. La figura se diluyó y resultó ser un doble del mago, que en ese momento se encontraba detrás del desconcertado liche. El mago conjuró sin peligro un dificilísimo hechizo, y por primera vez en su larga vida fue capaz de detener el tiempo. En ese momento irreal, el hechicero lanzó ligadura y consiguió inmovilizar al nigromante. El tiempo reanudó entonces su marcha, y Galai expulsó a las sombras y espectros que quedaban, pero mantuvo aún el elemental: nunca hay que desestimar el papel de los aliados, mientras quede un enemigo cerca. Guardó en un saquito de su cinturón la piedra negra y luego se acercó al siniestro archimago, inofensivo ahora.
- No me has vencido, no me mires con ese aire de suficiencia…Yo me he equivocado. Te subestimé, mago. Tantos siglos engañando a la muerte, tantos estudios y esfuerzos para acabar postrado ante un patán, milenios más joven que yo y con menos talento- proclamó Krante´l.
- Estás viejo, Krante´l, ya no hay mozas que quieran compartir el lecho contigo, ni siquiera por oro, y ya ni tu magia te queda… Pero no, no voy a matarte, al fin y al cabo has trabajado mucho para evitar la muerte, si embargo voy a hacer que la desees. Voy a atrapar tu alma en una gema, Krante´l, y luego la tiraré en tu propia ciénaga. No es muy probable que la encuentre nunca nadie.
En el momento en que liberó al liche para atrapar su alma en la gema de su propio anillo, éste lanzó un geas a Antharid y gritó una orden que todos pudieron oír.
-¡Mata al mago!
Luego sus huesos envueltos en la larga túnica negra cayeron al suelo, su oscura alma voló como una ráfaga de bruma y entró en el rubí del anillo que rodeaba su descarnado dedo.
Durante unos minutos nadie dijo nada. El mago miraba a Antharid, y los dos elfos miraban a su vez al mago.
- Tienes que hacerlo- le dijo a la elfa.
Ella cayó de rodillas al suelo y soltó la espada. Su cabeza colgaba sobre el pecho, mirando al suelo, perdida.
- No puedo, Galai…
- Si no lo haces, morirás.
- Lo sé. Pero no puedo matarte.
Galai se acercó a la elfa y se agachó junto a ella. Tomó su barbilla y empujó suavemente hacia arriba, obligándola a mirarle. Los ojos surcados por mil pequeñas arrugas eran cálidos y reconfortantes, los de la guerrera estaban llenos de angustia y terror.
- Eres una elfa joven, tienes siglos por delante. Yo, en cambio soy muy viejo, mi vida ha llegado a su fin. No cambiaré los pocos años que me queden por tus siglos, no voy a consentirlo. Sé que no quieres, sé que es difícil, pero tienes que hacerlo.
Antharid comenzó a llorar amargamente, al verla no se reconocía ya a la arrogante guerrera que fuera hasta sólo unos minutos antes. De pronto se alzó y corrió hasta los restos del archimago, y los pisó, pateó y dispersó hecha una furia de cabellos de oro. Recogió el anillo que contenía el alma del maquiavélico liche y lo arrojó con todas sus fuerzas a la ciénaga. La joya se sumergió en el agua lodosa con un brillo rojizo. Un poco más calmada, la joven regresó cabizbaja junto a sus dos compañeros. Gruesos lagrimones surcaban sus mejillas cuando miró a Galai, desolada.
El mago se llegó hasta su caballo y bajó un fardo que contenía un cofrecillo. Cogió también un odre que contenía agua y volvió junto a los dos guerreros que le observaban.
- La ventaja de esta situación es que puedo elegir la manera más tranquila y menos dolorosa de morir. Mezclarás las pócimas que yo te diga en este frasco, le añadirás el agua y me lo ofrecerás- le ordenó mientras abría el cofre y sacaba pequeñas botellitas de cristal rellenas de líquidos de diversos colores.- Así ha de ser para cumplir el geas.
- No voy a hacerlo- se empecinó ella.
- Deja de perder el tiempo. ¡Tienes que ayudar a Semurel a rescatar a Ashari y al drow, están en grave peligro!- luego suavizó su voz, y continuó- Comprende que no es culpa tuya, Antharid. Debes hacerlo para sobrevivir. Pero ten cuidado en el futuro, no vayas a caer antes de tiempo haciendo que mi sacrificio sea en vano- bromeó.
La elfa arreció en su llanto, se tapó la cara con ambas manos y salió corriendo. Se paró de pronto a muchos metros de ellos, y sacó un puñal. Semurel gritó su nombre y echó a correr hacia ella, sin dejar de chillar en élfico Todo fue muy rápido. Antharid levantó el brazo y clavó el puñal en su pecho; cayó fulminada al suelo, y para cuando el mago llegó con Das´Ashea en la mano, la elfa ya estaba muerta con el corazón atravesado.
- Tenía razón, el mal nacido… Me ha vencido, y del modo más atroz. Perdóname, Antharid, allá a donde estés…Por mi arrogancia, porque yo también le subestimé…- musitó Galai, y en ese momento pareció muy, muy viejo, más de lo que ya era.