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Antiguo 13-Nov-2008, 17:43   #1
igor
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Predeterminado La Antigua Vamurta

Hola a todos,
Os presento otra relato.

Capítulo Primero
"LAS PUERTAS DE LA CIUDAD"

Desde donde se hallaba, se podían escuchar susurros que se perdían. Llegaban luces oscilantes, las blancas luces del sol. Hacía calor y sudaba. El dolor seguía creciendo, extendido en poco tiempo por todo su cuerpo cansado, hasta mandar sobre su voluntad. Cuando consiguió entreabrir los párpados, le pareció que unas sombras cruzaban los dorados rayos del sol que se proyectaban sobre su cama. Intuyó que no se encontraba solo, que algunos estaban cerca. Desde el exterior llegaba el rumor de una ciudad, una ciudad que jadeaba asustada. Logró razonar unos instantes. “Los dioses que tanto me han dado, hoy parecen negármelo todo”.
Casi no recordaba nada de esos últimos días, tan sólo conseguía vislumbrar una confusa sensación de pérdida. Creyó intuir unas palabras cruzadas a su alrededor. La fiebre volvía a galopar en sus arterias, temblaba. Alguien aplicó una húmeda y fría tela sobre su ancha frente. Creyó que su piel, áspera y gris, era refrescada por una leve corriente de aire.

La realidad se fundía de nuevo, esas voces se alejaban, los claros en la habitación desparecían. Cerró los ojos. Necesitaba ordenar, necesitaba saber dónde se encontraba. De golpe, se incorporó de la cama. Gritaba, preguntaba por su madre con desespero, hasta que sus fuerzas flaquearon y se desplomó sobre las sábanas para volver a un dormir nervioso.
El incienso que quemaba en la estancia aligeraba el peso de sus propios olores, el hedor de un enfermo mezclado con las secreciones de su herida. Volvió a un estado de semiinconsciencia, sumergido en un baño de emociones. En el aquel rincón de reposo, el mundo era un lugar sin tiempo.

Debía ser muy pronto. Cerró y abrió sus puños, se palpó la cara con prudencia, como si concibiera la posibilidad de descubrir a otro. Haber perdido el paso de los días y de las noches le producía una vaga sensación de vértigo. La fiebre había remitido. Ahora era capaz de observar su entorno y volver a situarse.
El techo de la cámara era un gran lienzo, escenas de combates de los padres de su pueblo. Se habían aplicado pocos colores. Dominaba una textura color tierra punteada de azules y tonos más oscuros. En el centro de la escena, un grupo de hombres grises traspasaban con largas lanzas los esbeltos cuerpos de los murrianos, agrupados en un extremo del mural, dibujados con una idéntica expresión de terror, alineados como si se tratara de un rebaño que espera su sacrificio. Algunos intentaban escapar y eran dibujados huyendo a la carrera hacia el otro extremo del mural, ahí donde se vislumbraba el horizonte, donde se distinguían las grandes montañas del oeste. A la derecha, era representada Vamurta, con su gran anillo amurallado, de donde salían filas y más filas de soldados, los cascos azulados, bajo los estandartes negros y blancos del condado. Su mirada abandonó los movimientos del fresco, desplazándose hasta la pared que tenía justo enfrente. Encontró una amplia estantería de duro roble que llegaba hasta el techo. Ahí se guardaban gruesos lomos de cuero viejo. Libros de doctrina religiosa, de ciencia y arte, las Leyes Dantorum, tomos de caza y algún tratado naval. Era su habitación. Veía el armario de armas abierto a la derecha de la balconada, por donde, tamizada por delgadas cortinas blancas, se filtraba la luz fría y limpia del amanecer.

El dolor volvía a despertarse, a quemarlo. La pierna. Un dolor negro y silencioso que conseguía romperlo. ¿Qué había pasado? Se retorcía sobre las sábanas, cerrando los puños con fuerza. Dejó escapar un alarido. ¿Cuándo? ¿Por qué todo se despedazaba? Sus certezas y recuerdos tiemblan. ¿Qué hacía en su propia cama, herido? Nadie los había visto llegar. Cerró los párpados, se mesó la negra barba, de pelo liso, después su rostro de piel gris cuarteada por los años. Estiró su pie izquierdo hasta notar cómo los huesos crujían. Los hechos se habían sucedido con gran violencia, uno tras otro sin que nadie los pudiera frenar. Los hombres grises no estaban preparados, nadie conocía, nadie había previsto los preparativos del pueblo murriano. Le pareció recordar que se había despertado en algún punto cerca de la capital, tras la batalla. Estaba allí, aturdido. Se había medio incorporado sin entender qué es lo que tenía enfrente, dónde se encontraba. Sombras, manchas de luz mortecina. El cielo, una gran franja azulosa apagándose, se extendía por encima de la línea del montículo que se elevaba frente a sus ojos. El silencio del crepúsculo, el momento en que los latidos del día se retiran.
Desde su cama recordó cómo en aquel momento un intenso mareo lo mantuvo de rodillas, sin fuerzas, atormentado por una terrible sed. No sentía la lengua ni los labios. Sabía que necesitaba agua para abrir esa masa de arena que era su boca. Le llegó un rugir lejano, lamentos diluidos por la distancia. Volver a caer. Era incapaz de levantarse. Muy confundido aún, sus manos aterrizaron sobre algo frío y viscoso. Apoyado sobre un solo brazo se miró la palma de su mano. Roja, aquello que se adhería a su piel gris era sangre. El espanto. El miedo le devolvió los sentidos. Se encontraba rodeado de cuerpos sin vida, se había incorporado de entre los muertos. Veía bultos, hombres y mujeres cubiertos de un barro seco, manchados, algunos agarrados al asta de las lanzas, ahí una mano ligada al pomo de una espada. Una gran extensión sembrada por los restos de la batalla, un campo reventado, como un naufragio. Cuerpos amontonados siguiendo las ondulaciones del terreno, acariciados por la luz azul y morada de la noche. Volúmenes inmóviles de los que sobresalían cabezas, banderas arañadas y brazos. Sobre el manto de los muertos, trazaban amplios círculos los buitres hasta aterrizar con gran parsimonia para desgarrar y tomar su tajada. Oía a su alrededor su aleteo incesante, los grandes pájaros levantando el vuelo, allí había uno dando pequeños brincos entre los muertos. Intentó entender.
Solo, al pie de una loma de piedras, abrasado por la sed, sucumbió al impulso de remover los cuerpos, frenético, sin percibir el gran hedor que como una niebla espesa flotaba a ras de suelo. Levantaba piernas, giraba barrigas, volteaba corazas, hasta que encontró una piel de agua. No había mucho, dos tragos cortos. Exhaló aire. Inmediatamente después de beber su olfato percibió todos los matices de la podredumbre. Notó un golpe en el estómago, hasta tres veces sintió la subida del vómito... Consiguió dar dos pasos. Había que subir hasta esa loma. Había que salir...

Última edición por igor; 11-Jan-2010 a las 09:56
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Antiguo 13-Nov-2008, 18:27   #2
susana-eevee
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Hola, Igor

Acabo de leer tu relato, que presentas como el principio de una novela. No hay duda de que dominas el lenguaje y que sabes narrar. Me ha gustado es estilo directo que aparenta despegarse emocionalmente de los hechos, pero que está lleno de un sabor poético que realmente hipnotiza.

Como pega, te señalo que el ritmo es bastante lento, repites en demasiadas ocasiones la misma idea y eso no deja avanzar el discurso del relato. Para ser el principio de una novela tarda en arrancar y eso puede desanimar a comenzar la lectura.

Repasa el verbo parecer: hay demasiados parecía, cuidate de ello porque este es un verbo comodín del que se suele echar mano muy a menudo. Está dentro del grupo de palabras que hay que vigilar especialmente debido a la facilidad en la que cae el escritor de repetirlas y usarlas para todo: oscuridad, corazón, extraño, gran, tiempo, mirada...

Enhorabuena por tu trabajo,

Un saludo
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Antiguo 13-Nov-2008, 22:47   #3
igor
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Uahahah !!!!!! Susana.
Eres una crack. Menuda disección. Te agradezco la sinceridad, hay cosas que te gustan y otras que no.
El ritmo lento: tienes toda la razón, aunque es premeditado. Eso sí, relamente es poco comercial. Ah, la novela ya está escrita (unas 400 pag de libro aprox). Y sí, hay ritmo lento.. Que en las batallas se acelera, que ahora se apaga, que ahora se enciende. Pero sí, puede frenar al lector.

Ostia, con la redundancia verbal me has pillado. Ni me había dado cuenta. Ay.
Mi corazón se ha acelerado como el de un jabalí con la mención de "hipnótico", gracias. Sigo cruzando el Gobi.
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Antiguo 14-Nov-2008, 00:36   #4
susana-eevee
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Hola Igor,

Cita:
Te agradezco la sinceridad, hay cosas que te gustan y otras que no.
Exactamente no es que no me guste. Yo soy una lectora paciente que sabe deleitarse con belleza de las palabras, con los detalles y las descripciones más preciosistas. Pero tú has dado en la clave, que yo, por cobardía, no te quise decir:

Cita:
Eso sí, realmente es poco comercial
Un ritmo lento no es sinónimo de falta de calidad literaria. Que eso no te desanime. Si la historia es buena, si los personajes viven, será una buena obra. Pero bueno, eso ya lo sabes, ¿o no?

Un saludo,

P.D.: ¿Cuándo nos pondrás otro trocito?
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Antiguo 14-Nov-2008, 10:56   #5
igor
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Predeterminado La Antigua Vamurta - 02

(Se acerca un largo fin de semana de noviembre. Voy a lanzarme a la piscina otra vez. ¡Ahh! Que fría está el agua... Susana. He visitado tu blogg y el otro camarada del Foro. Que buenos. Quizá con la página web me haya equivocado y sea mejor el formato blogg. En fín, la duda me corroe).


***************


Eran tres doctores. Enseguida reconoció al joven Ermengol, amigo y médico de Palacio. Explicaba a los otros dos colegas el estado del paciente levantando los pulgares de sus manos entrelazadas.
—Debilitado, sí. La punta de lanza le ha arrancado musculatura, no mucha, pero no ha roto ningún hueso ni las vías de sangre —dijo, mientras se paseaba arriba y abajo, haciendo oscilar la túnica verde noche de doctor de la corte—. La herida ha sido desinfectada con raíces de osspirrus, lavada y cicatrizada con hierro candente. Hay que esperar. Ver si la carne se pudre o no. El golpe en la cabeza no es nada. Este hombre ha sufrido un cuadro de fiebre alta, de agotamiento físico total... Saben los dioses dónde habrá estado estos últimos días...
El diagnóstico había sido más benigno de lo que podría parecer por su aspecto. Los tres médicos guardaron silencio mientras observaban a su enfermo que se revolvía entre las sábanas, inquieto, sudando y abriendo mucho los ojos. Los miró un momento con la mirada del ido. Se incorporó con violencia.
─¡La ciudad arderá! —les gritó—. ¡Arderá con todos dentro!
— ¡Ya habla! —exclamó, sorprendido, uno de los doctores.
—No debéis moveros ni hablar, señor —sentenció Ermengol mientras empujaba suavemente al enfermo contra la cama.
—La ciudad está perdida. ¡Escapad! —vociferó, desgarrado.
—¡Rápido! Hierbas de Alou —ordenó Ermengol.
Los vapores de las hierbas lo devolvieron a un sueño profundo.

De aquel sueño nació una nube borrosa en la que flotaba su ciudad. Cuando la urbe ya se había alzado sobre un mar de nubes grises, empezó a temblar, a resquebrajarse hasta que, de repente, se hundió en muy poco tiempo, como si algo la hubiera aspirado abajo, abajo, mientras él presenciaba el hundimiento, impotente, desde una torre lejana donde se sentía encadenado por un encantamiento que inmovilizaba sus piernas, sus manos, su corazón. Después caía un gran torrente de agua y de entre esas aguas emergía su madre. Parecía muy joven y le hablaba. No podía comprender sus palabras, sólo recordaba que le decía algo. Su madre continuaba hablando y hablando y sus labios mojados describían una sonrisa permanente. Lo tomó por la mano y lo condujo a algún sitio. Era el Palacio de Verano y ya no llovía. Miraban las grandes encinas, de hoja lenta, desde el balcón alto. Ella sonrió y golpeó su pierna con furia. Dejó escapar un grito de dolor y despertó. Apretó las mandíbulas, sus dientes mordieron el aire. En la habitación reinaba la noche. Dos velas quemaban en la mesa, a su lado un viejo sacerdote dormitaba sobre una silla con las manos entrelazadas sobre su estómago. La herida era aún punzante pero su cuerpo cansado parecía haber recobrado un cierto vigor. Pero, ¿cuánto tiempo llevaba durmiendo? ¿El sol estaba a punto de asomar por su balcón o era media noche? El dolor en la pierna ya no mandaba, era intenso pero podía pensar. Pensar.

Se hallaba tumbado en la cima de aquella loma. Había llegado hasta arriba y desde allí había divisado el amplio valle que se extendía alrededor de las viejas murallas de la capital. Vamurta. Más allá, sobre las finas líneas de las playas, siguiendo la hendidura del golfo de la capital sobre el mar, se destacaban multitud de puntos blancos sobre el azul cobrizo de las aguas. La flota del condado, la última vía de escape.
El mar era aún territorio del hombre gris pero no había dudas sobre el descalabro. Decenas de centurias de murrianos formaban alrededor de su ciudad. Detrás de la infantería enemiga, grandes rinocerontes de tiro, resoplando con fuerza, cargaban sobre sus lomos las largas serpientes de fuego que habían derruido los muros de las ciudades del oeste. A la derecha del ejército murriano, y siguiendo el camino de poniente, veía avanzar ocho torres de asedio, que eran arrastradas por el esfuerzo de grandes bueyes que, a cada tirón, hacían tambalear esos monstruos de madera. El cerco estaba casi completado. No podía apartar los ojos de aquel espectáculo ejecutado con absoluta precisión. El enemigo era un enorme hormiguero desplazándose en perfecto movimiento, deslumbrante, el metal de las armaduras arrancando destellos a las últimas luces del día, un hormiguero que cruzaba los grandes rectángulos de los campos de trigo, derruyendo una a una las grandes masías de los barones erigidas sin orden por el amplio valle verde y dorado de los hombres grises, rasgando los colores de su condado con las lenguas fulgentes de sus armas. Banderas ocres, el rojo de los incendios provocados en su avance y el negro de las muchas columnas de humo que se levantaban para diluirse en el vasto cielo encarnado de la tarde.
Lejos, al pie de las puertas de la ciudad, podía distinguir algunas formaciones dispersas de los hombres, aguardando, esperando a que la masa que se acercaba se desencadenara sobre ellos. Casi parecían niños. Sobre los muros y sobre la Torre de Oriente se amontonaba la guarnición de la ciudad, expectante. Cuando aún se sentía incapaz de apartar los ojos de aquel despliegue de fuerzas, se rompió el monótono avance del enemigo. Levantó las cejas, torció la boca seca, esbozando una sonrisa. Un pequeño grupo de guerreros grises, quizás unos doscientos, corrían hacia su ciudad trazando una diagonal por entre dos grandes grupos de murrianos. Avanzaban a media carrera soportando el peso de sus armaduras pectorales y sus escudos de rodela. Era un cuadro erizado de lanzas, una mancha plateada vista desde la distancia, que rompía los tonos ocres oscuros de los estrechos bancales que formaba el enemigo. Las tropas que defendían Vamurta reaccionaron intentando una salida para cubrir a los que llegaban, pero las dos falanges grises tuvieron que retroceder ante la intensidad de la lluvia de proyectiles con que los murrianos respondieron.
Aquellos desesperados seguían corriendo. Podía intuir el esfuerzo, el estirón del armamento a cada paso, el sudor, el cansancio... A unas señales de bandera, dos brigadas de arcabuceros murrianos giraron ordenadamente hacia la derecha, encarándose a los que corrían. A su vez, dos grandes grupos que no supo distinguir, iniciaron un rápido movimiento para cortar el paso a aquellos hombres. Los murrianos, propulsados por aquellas desproporcionadas piernas, recortaban las distancias con una facilidad pasmosa. También vio grupos de piqueros enemigos moviéndose hacia las murallas de Vamurta para formar una segunda línea de contención.
"Corred, corred", murmuró, aunque ya era evidente que los hombres grises nunca llegarían a su ciudad. A contraluz, observó como cada uno de los grupos levantaba grandes nubes de polvo que se movían sobre los campos y entre los frutales. Ya no distinguía nada. Poco después aquellas estelas de polvo coincidieron y se entremezclaron. Se escucharon las detonaciones de los arcabuces, a intervalos regulares y, amortiguado por la distancia, el entrechocar de las armas. Pronto, los ruidos cesaron y el polvo volvió lentamente a la tierra. Lleno de impotencia, impaciente, empezaba a vislumbrar los resultados del choque. Observó que los bultos que se amontonaba eran los cuerpos tendidos de sus hombres. Se maldijo, tiró de su barba hasta hacerse daño. Quiso gritar. Todo aquello era evitable. ¡Todo! Tantos muertos… La ciudad cercada, la vana esperanza de una ayuda que no iba a llegar...

Última edición por igor; 11-Jan-2010 a las 09:57
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Antiguo 14-Nov-2008, 20:13   #6
susana-eevee
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Impresionante, Igor. Realmente épico, y esta vez, no me ha parecido un pasaje lento. ¡Me encanta! Intuyo que has escrito un muy buen libro.

Para compensar tanta emoción, te señalo lo siguiente:

Cita:
- ¡La ciudad quemará! - les gritó-. ¡Quemará con todos dentro!
Deberías cambiar el verbo quemar por arder.

¡La ciudad arderá! les gritó―. ¡Arderá con todos dentro!

Cita:
A contraluz, observó como cada uno de los grupos levantaba grandes nubes de polvo que se movían sobre los campos y entre los frutales.
Este como lleva acento: cómo

¡Saludos!
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Antiguo 17-Nov-2008, 13:00   #7
igor
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Predeterminado Vamurta - III

(Camaradas, ahí va una tercera parte. Pensad que El Padrino tenía tres partes. Mi preferida siempre ha sido la segunda. Que bella historia de amor en Italia !!! Susana, decirte a día de hoy que en ortografía y sintaxis se sacas dos cabezas y media. Y mil gracias por tus apuntes. Los guardo)



Aquella escaramuza despertó en él grandes dudas. Cansado, abotargado, veía como un suicidio atravesar los anillos del asedio. Los tres tradios que lo separaban de los muros eran recorridos constantemente por fuertes patrullas enemigas. A campo abierto era del todo imposible no ser cazado. Se mordisqueó los labios. Sabía que los murrianos eran capaces de recorrer las extensas llanuras de Ibam y podían sobrepasar con facilidad a cualquier hombre. Era necesario esperar la llegada de las sombras. Quizá sería más fácil para un solo hombre. Cruzar las líneas murrianas en silencio...
Hacía falta esperar. Retrocedió, bajando hasta media loma, arrastrándose sobre las piedras. Consiguió parapetarse entre unos matorrales. Quedó panza arriba. Cerró los ojos, dejando que la brisa del crepúsculo le secara el sudor que bañaba su cuerpo.

El Consejo de los Once había subestimado aquella nueva guerra. Se había considerado todo aquello como otra fase en la larga lucha entre hombres grises y murrianos. Nadie creyó que habría tres grandes batallas perdidas y aún menos que se pudiera llegar al sitio de Vamurta. Nadie había previsto tal reorganización de los ejércitos murrianos. No habían llegado noticias de sus nuevas armas de fuego, capaces de romper madera, hierro y carne. “Nos abaten como a conejos”, pensó. Él, orgulloso de su mundo, de su linaje. Era el fin de su civilización, tan segura de su paso sobre la tierra. Y sí, habían estado sesteando, pendientes de los asuntos de las Colonias, la vista puesta también en los territorios que se extendían al sur, siguiendo la costa del Mar de los Anónimos, una tierra habitada por clanes. Qué había más allá, se había preguntado muchas veces. Otro mundo aguardaba...

Esas bestias habían llegado desde el oeste profundo, huyendo de algo. Su padre ya había combatido a los murrianos hacía más de treinta años. En aquella época nada podía frenar las cargas de las falanges. Aquellos guerreros grises acorazados de la cabeza a los pies. Sus mejores hombres, su infantería pesada. El Batallón Sagrado, la Falange Roja... Eran los tiempos de la superioridad, cuando su padre capitaneaba las huestes y su madre el Palacio. Recordaba a su madre, las duras exigencias de su madre, maestra de la corte, valedora de mercaderes y grandes artesanos y a la vez, si los vientos giraban y sus protegidos caían en desgracia, una daga en las entrañas. Su juventud lejos de las mujeres. ¿Quién se atrevería a acercarse al hijo de la Condesa? Aquel desastre. Era evidente que los informadores al servicio de Vamurta se habían limitado a cobrar para dar parte de sandeces... O incluso habían sido corrompidos. Malditos todos. Maldito cada uno.

Caía la noche sobre el valle. Ya no se oía el aletear de los buitres. Pronto aparecerían las alimañas para cobrar su recompensa. Nada podía hacerse por los muertos. Todo había sucedido tan rápido. Recordaba las últimas batallas como una sola. Las tropas grises formadas en líneas, los intentos de carga, los rápidos repliegues del enemigo a la vez que se somete a las falanges a una lluvia de fuego, dardos y lanzas desde los flancos hasta convertirlas en masas esponjosas sobre las que caen los jinetes de Alak, lanzados desde atrás, montados en sus temibles ciervos de combate. Aquellos odiosos murrianos de montaña, sus largas lanzas como agujas. Luego llegaba el resto, aguijoneándolos, rompiéndolos...

La garganta volvía a quemarle. Era incapaz de tragar un poco de saliva. No podía concentrarse en nada, la sequedad lo absorbía todo. Decidió arrastrarse hasta la llanura en la que había sido herido. Rebuscó entre los cadáveres, ya con signos de rigidez, tembloroso, hasta que encontró otra piel. La sacudió y escuchó el sonido del líquido. Abrió la bolsa con mucho cuidado, bebió poco a poco, gota a gota, sentado en medio de ese campo de muerte. Pudo mover la lengua, la arrastró por el paladar, después entre los dientes. Se sintió un poco vivo, vivo. Debió de perder el conocimiento, quizá por un golpe en la cabeza. El casco, seguramente, le salvó la vida. No conseguía recordar, había negro en la memoria. Miró a su alrededor. Cerró los ojos respirando muy profundamente. Cuatro lágrimas colgaban de sus párpados. No quiso frenarlas como era el deber de un hombre, de un noble. Se hacía tarde. Agarró una lanza corta del suelo. Haciéndola servir de bastón se desplazó hasta otro pequeño promontorio que se erguía más al este. Las últimas luces desaparecían por las altas montañas de la boca del valle, la brisa fresca fregaba su barba y su rostro encostrado de barro, sudor y sangre seca. Una vez arriba se ocultó de los ojos del mundo tras los gruesos troncos de unos algarrobos.

La noche, como una gran bóveda destellante, era rasgada por el fuego murriano. Las gigantescas bombardas escupían su carga sobre los viejos muros de Vamurta causando enormes estragos. Descargadas de los rinocerontes, habían sido montadas sobre gruesas bases de maderas. Atadas con cuerdas del ancho de un olmo joven, el retroceso de las armas era así frenado, aunque la cadencia de fuego era baja. Contó, por los fogonazos, hasta diecisiete serpientes de bronce que abrían brecha en los muros y en los corazones de los hombres grises. El retronar, las largas lenguas de fuego de esas armas, causaban tanto daño como sus proyectiles. Las puertas de la Torre de Oriente, a pesar de su aplacado de hierro, ya ardían.

Desde su improvisada atalaya seguía una vez y otra los trazados y las frecuencias de las patrullas de murrianos que controlaban los accesos a su ciudad. Entendió que la única alternativa para alcanzar los muros de Vamurta era infiltrarse hasta llegar al paraje del Molino Toscado, arrastrarse entre las altas espigas de cebada, dejar pasar una de las patrullas y cuando ésta desapareciera lanzarse a la carrera hasta el pie de los muros. Era un plan sencillo. Todo dependía de la rapidez y del sigilo. Se deshizo de la coraza pectoral, de las anchas grebas, dejó caer el pesado cinturón de cuero, se despojó de la cota de malla. Cubierto con un jubón sencillo y medias negras, descendió del montículo. A medida que avanzaba hacia las posiciones de los enemigos, una incómoda sensación de pánico lo atenazaba más y más. Cualquier ruido lo asustaba, el leve aletear de las aves entre las zarzas lo asustaba, se agachaba por nada, mirando a los lados. Bien sabía que si era capturado su fin era seguro. Ya no pensaba en la suerte de los suyos. Sólo pensaba en salvarse. Esclavo, sería un esclavo para el resto de sus días.
Llegó hasta los olivos que precedían a las primeras espigas de los campos. El rugir de las bombardas le proporcionaba la suficiente cobertura para avanzar más rápido en la oscuridad. Corrió hasta el olivo más cercano, se paró jadeante. Estaba demasiado asustado, tenía que dominarse. Respiraba muy deprisa. Corrió hasta esconderse tras otro árbol. Un poco más adelante empezaba el sembrado de cereales, abandonado precipitadamente, sin segar aún, donde podría moverse sin ser visto. Era mejor no pensar, recorrer aquella distancia, jugársela, y una vez allí, descansar. Así lo hizo, a paso rápido, corriendo a intervalos, sin vigilar, concentrando su mirada en las manchas puntiagudas de las espigas que se mecían con suavidad, levantando un leve rumor que se apagaba cuando la brisa dejaba de soplar. El último tramo lo cubrió en una carrera descompuesta, los brazos torcidos pegados a su cuerpo. Se dejó caer en el campo como un muñeco, se adentró un poco entre la cebada y cerró los ojos. Únicamente le faltaba cubrir la distancia hasta los muros. Oyó retumbar el suelo, eran pasos, muchos. Una columna de murrianos se acercaba como un torbellino.
A ras de suelo los vio pasar y alejarse. Las antorchas de los enemigos brillaban sobre las láminas de sus delgadas armaduras, sobre sus rostros, haciéndolos más feroces. No gruñían, no hablaban. Era el repicar de sus pisadas y el tintineo de sus armas lo que le hacía apretarse contra el suelo, apabullado. Entre las espigas entrevió sus enormes muslos, sus piernas esculpidas en acero. Lo que sería la tibia de los hombres era una extremidad muy estrecha, que descendía hasta una especie de pie negro y duro, parecido a una pezuña hendida. Sobre esa potencia descansaban unos tórax estrechos y largos, cubiertos con pectorales de cuero y metal, de los que salían unos brazos largos y nudosos, de pelo escaso.

Cuando la columna se alejaba pudo escuchar las voces de largas sílabas, estridentes, que emitían los murrianos. Sólo comunicaban alguna orden, aún y así se estremeció. Ya estaba tan cerca... Podría dormir y comer. Los ruidos se alejaron. Giró el cuerpo, quedando panza arriba. Respiró todo el aire de la noche de una sola bocanada. Ahora contemplaba el infinito vidrio oscuro del cielo, las estrellas aparecían y se escondían tras las grandes y alargadas nubes, que como poderosas galeras cruzaban el firmamento absorbiendo la luz de una luna titubeante. “Este es un buen lugar donde vivir”, se dijo, “es mi corazón, mi tierra”. Aquella idea lo reconfortó, otorgándole suficiente fuerza para incorporarse de nuevo. Atravesó a gatas, con apenas luz, unos huertos arrasados, cerrados por paredes discontinuas hechas con pequeñas piedras, hasta llegar a un espacio donde crecían aquí y allí matorrales bajos y dispersos. Más allá se percibía la masa negra de la muralla de poniente, de la altura de doce hombres, hecha de enormes sillares encajados por el arte de los antiguos picapedreros de Vamurta. Se distinguían las pequeñas siluetas de los hombres de guardia recortadas contra un cielo casi negro, repartidos regularmente entre las almenas. Eran pocos porque la mayoría debían encontrarse detrás de las ruinas de la Torre de Oriente, listos para hacer sangrante la toma de la ciudad.

En ese estado, entre el agotamiento y el retorno a una lucidez intermitente, el Heredero de Vamurta veía pasar ante sí imágenes y recuerdos cada vez más ordenados. Se preguntó por qué, tras tantos años de guerras, casi no sabían nada de aquella raza. Sabía que en las Colonias, especialmente desde su independencia, hombres de todas las clases y murrianos compartían el territorio y, cada vez con mayor frecuencia, compartían negocios, creaban líneas de comercio en ciudades y aldeas en las que las mezclas dejaban de ser un hecho aislado. En la inmensidad de su condado, sólo sabían de ellos por los prisioneros. No vivía en Vamurta un solo murriano y en las alejadas marcas los contactos entre ambas civilizaciones eran escasos, casi siempre zanjados por el entrechocar de las armas.

Siempre le había llamado poderosamente la atención las testas de sus enemigos, esas pequeñas astas sobresaliendo entre una larga cabellera de pelo adusto y de colores pajizos, el rostro, encerrado por líneas romboidales, sus ojos rasgados, normalmente de un color amarillento, a veces de un color madera sucio, y sus pequeñas narices, orificios encastados entre sus largos bigotes, delgados y tensados como el cordaje de un laúd. De barbilla estrecha y boca carnosa, aquellos seres eran animales esbeltos y no muy altos, de corpulencia equivalente a un chico de diecisiete o dieciocho años. A pesar de esa grácil apariencia, los murrianos estaban dotados de una enorme resistencia, siendo capaces de presentar combate tras recorrer distancias considerables, distancias que las piernas del hombre gris sólo soportarían con intervalos de descanso. La pesadilla, la obsesión del Heredero era la velocidad de sus enemigos, superior a cualquiera de los hombres más jóvenes y rápidos del condado. En combate, excepto los oficiales, los murrianos se protegían con pequeños escudos de madera forrados por una capa de medio dedo de metal, sobre la que dibujaban los emblemas de sus unidades. Sus cascos, en forma de gota y con dos pequeñas aberturas, acaban en un guardanucas de tela acolchada y recubierta de una fina coracina de hierro. Los murrianos tenían la virtud de la disciplina, la idea de ser una aldea organizada, donde cada paso, cada nueva idea era del grupo, no del individuo. Quizás era aquella su mayor virtud y ello se reflejaba en su organización militar. Protegidos con uniformes de cuero que les llegaban hasta media pierna, y pectorales de lámina de acero, se ataban al cuello pañuelos de colores que ayudaban a identificar y mover las diferentes centurias en el caos de la batalla. Casi nunca escapaban ni se rendían, y era tarea improbable capturar esas bestias con vida.

Ya se encontraba cerca de los muros que encerraban su ciudad, aplastado contra el suelo frío. La noche se desparramaba sobre los campos y la ciudad, transformando las formas del día en un solo plano oscuro. Creyó distinguir un sonido nuevo, amortiguado por la distancia. Escuchó con mayor atención. Cuando las bombardas callaban le pareció que le llegaba un rumor, una vibración parecida a la de una gran manada de búfalos en movimiento. No era una alucinación, a pesar de su enorme sed y cansancio. Era la gente de su ciudad. O el movimiento de un gran ejército. No, no, eran sus ciudadanos, se oían los llantos de los más pequeños, los ladridos de perros, voces de mujeres... ¿La ciudad huía hacia el mar?

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Antiguo 21-Nov-2008, 13:58   #8
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Predeterminado

Decidió cubrir el último tramo también a la carrera. Ya no podía pensar mucho más. La patrulla murriana hacía un momento que había desaparecido hacia el oeste. Sin más razones que lo hubieran frenado, se lanzó al vacío del campo abierto levantando un revelador golpeteo con sus sandalias, que repicaban contra la tierra arcillosa. Veía la pared de la muralla acercarse más y más, alta, inaccesible. Corría y algo lo desconcertaba. Dejó de correr. Ahora comprendía, sobre el silencio de aquel sector se levantaban los gritos de los soldados que, desde las almenas, lo coreaban. "¡Callad, callad!”. No tuvo suficientes fuerzas para gritar, le faltaba aire. Por fin palpó las piedras, frescas, agradables. Apoyó la espalda sobre la muralla, ahogado.
—¡Subidme! ¡Tiradme una cuerda! ¡Rápido! —gritó, sorprendido por la fuerza con la que había lanzado su plegaria.
—La estamos buscando —respondieron desde arriba.
Mientras esperaba, observaba a su alrededor, intentando encontrar en la noche alguna señal del enemigo.
—Aguardad un poco, un poquito más.
La luna sacó la cabeza detrás de unas nubes agrietadas. No se oía nada, excepto la lejana letanía del bombardeo. Tuvo la sensación de que el mundo había dejado de girar. Un instante de sosiego. Se escuchó el sibilino deslizamiento de una cuerda rozando la pared de la muralla. La agarró con fuerza, dispuesto a escalar los muros de su propio hogar.

Empezó la escalada con prudencia, buscando las grietas y los salientes en los lindes de los grandes sillares. Cuando apenas había ascendido hasta la altura de dos hombres, se detuvo para mirar a su alrededor. El corazón le dio un salto. Recortados a la luz de la luna, vio acercarse un grupo de murrianos, al menos una brigada, avanzando al trote. Él era un blanco fácil para los dardos del enemigo. "Morir o vivir", se dijo. No tenía sentido permanecer a la espera, quieto como un pequeño gorrión. Los pasos de sus enemigos perdían intensidad. Entendió que habían acudido para saber qué había levantando tanto alborto. No parecían tener una excesiva prisa. Siguió ascendiendo. El peso de su cuerpo por fin fue captado por los hombres de arriba. Comenzaron a izarlo como a un fardo. A cada tirón, sentía que se alejaba del peligro. Los murrianos permanecieron a la expectativa, quietos, vigilando aquel alejado tramo de muralla. Estaban ahí armados de lanzas cortas, las empuñaduras de las espadas sobresaliendo por encima de sus clavículas, los pequeños escudos adosados a sus vientres, inmóviles como espectros. Fue un golpe de mala suerte. Mientras lo subían, se desequilibró levemente y golpeó con la rodilla contra el muro. Una piedra del diámetro de un puño se desprendió, cayendo, picando contra las grandes losas de los muros, llamando la atención. Los soldados grises dejaron de estirar. Quedó en suspensión, a su suerte. Los murrianos, como animados por una señal secreta, cobraron vida de nuevo y se dirigieron hacía él. Era inútil esconderse.
—¡Tirad! ¡Tirad, malditos! —gritó con voz rota.
La cuerda se tenso de nuevo, alzándolo, sacudiéndolo. Escuchó unos silbidos, una excitación en la noche, un rápido galopar en la oscuridad. Luego, a su alrededor, unos golpes secos, un temblor. Sudaba, su corazón se había desbocado. En la oscuridad sólo podía percibir las lanzas cuando picaban contra la piedra. Otro rebote, el cuarto le rozó el cuello. Desde las almenas empezaron a responder, se oía el zumbido de flechas cruzando la noche, haciéndola vibrar. Notó el desgarro. Un dolor agudo lo llenaba, retorciendo todos sus músculos. El punto de quemazón nacía en el muslo. La sangre brotaba de su pierna, deslizándose hasta sus pies. Vio el dardo, blando, colgando de su carne. Miró abajo, los murrianos se retiraban arrastrando a dos de los suyos heridos. Lo siguieron izando, se mareaba, percibía cómo iba perdiendo la tensión en sus brazos, el cielo oscuro bailaba y volvía a girar...

Lo trasladaban por detrás de las almenas de su ciudad. Consiguió abrir los ojos. Había conseguido sostenerse, agarrado a esa cuerda. Dos mujeres de la guardia lo movían, arrastrándolo entre una multitud de soldados que se habían agrupado para ver al que sería el último hombre en romper el asedio.
—¿Es el Heredero? —preguntó una de las soldados a su compañera.
—No estoy segura... —respondió la otra resoplando—. Parece... Cuando lleguemos abajo. Hay antorchas.
Antes que lo bajasen por las escaleras de caracol que descendían hasta la calle, recuperó la consciencia unos instantes. Miró hacia su ciudad, que se extendía alargada siguiendo la línea de la costa hasta el delta del río Llarieta, que alcanzaba el mar tranquilo y caudaloso. Vista desde la altura de la muralla, la ciudad parecía un inmenso rompecabezas, un laberinto infinito donde las líneas de manchas de las azoteas se rompían y se volvían a cruzar. Había pocas teas encendidas, pocas lumbres marcaban las irregulares líneas de las calles. Los grandes palacios permanecían en las sombras. El único edificio iluminado era la Ciudadela Condal, erigida sobre un suave promontorio, y el referente de aquella enorme trama urbana. Los altos muros casi inexpugnables del corazón del condado.

Antes de desmayarse, recordó que lo tumbaron sobre una carreta tirada por hombres. Aquella paja olía a suciedad húmeda y a sangre. Aún aguantó el dolor durante un tramo sin perder el conocimiento. En su cabeza volvía la imagen de su ciudad. Conseguía retener imágenes fragmentadas mientras las ruedas de la carreta rodaban a trompicones. Algo le desconcertaba. ¡Ah! En la Cúpula Roja del templo de Onar no ardían las llamas sagradas y en el alto minarete de Sira no había luz. Y aquel silencio latente. El sitio de la ciudad se había calmado, como si los dos bandos, agotados, quisieran tomar un respiro. Ya no resonaban los ingenios de fuego del enemigo. Ya no se oía nada.
Sufría cada uno de los baches, cada salto de la carreta sobre las calles empedradas. Lo llevaban por la Avenida de la Victoria, una vía ancha flanqueada por los altos edificios de los prohombres de la ciudad. Veía los pequeños palacios de la nobleza y de los ricos mercaderes de la ciudad, pasaron por delante del Teatro de Vajarta, sostenido por las sesenta columnas de mármol verde... Aquella gran avenida rompía la red de las callejuelas de la ciudad, y trazaba un largo arco de oeste a este hasta llegar al mar, delante de las puertas del Palacio Condal. De repente lo comprendió, no se veía gente por la calle, cuando aún la noche era joven. No, nadie, todos debían estar encerrados en sus casas o esperando poder embarcar en el puerto, rogando a los dioses. Esperando alguna noticia, alguna señal, rogando por un milagro que abriese las garras con las que los murrianos atenazaban su mundo.

Última edición por igor; 11-Jan-2010 a las 10:00
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Antiguo 26-Nov-2008, 18:29   #9
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Predeterminado El veguer de la Marca Sur

Encaramado sobre las almenas, el veguer de la Marca Sur observaba, impávido, cómo los miles de murrianos estrechaban el cerco sobre la ciudad. Dejaba que el viento de la mañana resbalara entre sus cabellos, sin pensar en nada. Habiendo perdido sus posesiones, dados por muertos sus dos hijos, nada lo haría mover de la gran grieta que el enemigo había abierto en las murallas de Vamurta. Miraba, absorto, el montón de piedras humeantes por donde pasaría el enemigo. Con las primeras luces de la mañana, los murrianos habían hecho avanzar una densa fila de culebrinas por delante de las grandes bombardas. Más finas y ligeras, aquellas armas escupían, sobre los restos de la Torre de Oriente, constantes descargas que perforaban escudos y corazas, causando gravísimos estragos en la tropa.
Tras comprobar el mortífero efecto de aquellas andanadas, el veguer había ordenado retirar las concentraciones de infantería que, delante de la grieta, defendían la ciudad de un asalto directo. Así, habiendo perdido la carta de una salida por sorpresa, quedaban atrapados en el interior del perímetro amurallado. A la espera. El veguer miró hacia el sur.
Mucho más allá de donde su vista se perdía en el horizonte, empezaban las que habían sido las posesiones más ricas del Condado, tierras fértiles y abundante agua canalizada por los trabajos de muchas generaciones. Daba igual. Sólo quedaba un pequeño rincón para un milagro o una huída hacia el mar. Tocó el pomo de su espada. Él no huiría, no se veía con fuerzas para emprender una nueva vida. Todo lo que amaba se había perdido. ¿Para qué marcharse? Las bombardas, al mismo tiempo, seguían lanzando fuego sobre el sector de Oriente, ensanchando el gran agujero en el muro, tensando más y más los nervios de los soldados con sus impactos ensordecedores.

Estando el heredero malherido en Palacio y los grandes vegueros muertos, sólo quedaban él y el capitán de la plaza para dirigir la defensa de la ciudad. Su gran duda era si dar la orden de evacuación o posponer esa decisión. Algo le hacía vacilar. Dar una orden precipitada significaría ser considerado un hombre temeroso, un cobarde. ¿Y si el sitio se levantaba? Sabía que los grandes burgueses y parte de la nobleza ya habían levado anclas hacia las Colonias, donde en los últimos tiempos muchos habían adquirido posesiones. Los grandes marchaban con tiempo, cargando con sus familias, sirvientes y bienes. Si conseguían aguantar el asalto él sería el máximo responsable, aclamado por todos. Pero que más daba. Serían los dueños de una ciudad sin campos, sin minas. Les esperaba una lenta agonía. Algo le impedía dar la orden. A pesar de haberlo perdido todo, no asumía que su mundo fuera engullido sin más. Decidió, pues, pensarlo otra vez, dejarlo para el día siguiente.

Abajo, detrás de los muros, veía el hormiguero de sus soldados. Hombres que llegaban, hombres levantando tiendas, hombres fortificando las casas próximas a la muralla, órdenes, alboroto, confusión. Entre la masa en movimiento distinguió al capitán Álvaro, que intentaba que aquel jaleo tuviera algún sentido. Bajó al nivel de calle y avanzó entre los soldados hasta el capitán. Se saludaron, cansados. El capitán parecía superado por los acontecimientos. Casi ni le vio llegar. Sonrió con aire ausente.
—¿Cómo veis a los hombres? —preguntó al capitán.
—Nerviosos. Saben cuántos somos aquí y a lo que nos enfrentamos... Lucharán. En la ciudad quedan los suyos... Lucharán.
—¿Creéis que podremos aguantar? —inquirió el veguer. Sentía la necesidad de escuchar otra voz, otro veredicto.
El capitán movió la cabeza, mirando al suelo.
—No, nada podremos contra estos diablos —Dejó escapar un suspiro—. A no ser que ataquen con todo, a pecho descubierto. Pero no lo harán. Se han reorganizado. Tienen esas nuevas armas. Esta es una guerra largo tiempo meditada... —afirmó, mientras se rascaba la barba, que crecía abrupta sobre su piel grisácea.

El veguer miró hacia las almenas, casi vacías para evitar el martilleo del fuego enemigo. Giró la cabeza hacia sus ballesteros, formidables a corta distancia. Formaban un semicírculo detrás de la infantería condal que guardaba, algunos pasos atrás, la grieta. Encima de los tejados de las casas y también a lo largo de la calle de los Laneros, esperaban los arqueros la orden de volver a los muros. Los miró. Frente a los arcabuceros murrianos eran casi una reliquia, protegidos con sus cotas de argollas ligadas, sobre el que lucía el escudo condal, una golondrina negra sobre fondo blanco, una golondrina de alas tensas, casi rectas. Aún podrían ser útiles, aún sus arcos y sus cuchillos cortos podrían herir cerca de los muros.
Más atrás de la calle de los Laneros, que moría frente al agujero, y en otras calles, esperaban los restos de los ejércitos de Marca, los que habían conseguido llegar hasta la capital. Hombres y mujeres con todo tipo de armamento. Pesadas mazas romboidales junto a cortantes alabardas, grandes hachas, lanzas y dagas de diferentes largos, corazas y emblemas de muchos señores de frontera. Comparados con los marciales ejércitos murrianos, parecían campesinos armados. Sólo podrían servir para el choque, para apuntalar las líneas de los infantes del condado, los mejores soldados. Las falanges eran el muro delante de los ballesteros, una cortina de largas lanzas mirando hacia el cielo, manchado por estandartes de tela dura.
Al menos, aquel era un día bonito. El sol corría sobre el cielo brillante y limpio y comenzaba a caldear la tierra. Por poniente, rompiendo el lienzo azul, avanzaban masas de nubes blancas retorcidas por la pesada musculatura del agua. No había que pensar mucho. Aquel sería el último acto de su paso por el mundo, que ahora le parecía irracional, áspero, injusto. Todo perdido para él, para los grises. Un fogonazo de ira le subió por la garganta al pensar que ninguno de sus dos hijos podría ya recordarlo. Ni su mujer, a la que enterraron hacía ya mucho tiempo. Desaparecido uno, muerto el otro en aquella interminable lucha. El tiempo gasta de un lazo elástico. Aquella guerra parecía haber durado unas pocas lunas. Dio un puntapié. Todo le parecía tan igual.
Había llegado el almuerzo en grandes cacerolas de barro y se repartían pieles con vino entre la soldadesca. Se oía alguna risa seca. La tropa, lejos del bombardeo, parecía respirar.

Última edición por igor; 11-Jan-2010 a las 10:01
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Antiguo 03-Dec-2008, 09:16   #10
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Predeterminado Capítulo ii




Capítulo Segundo
“VIVIR EL SITIO"



Sara miraba fijamente como su madre escogía los objetos más preciados de la casa, empaquetándolos en fardos cubiertos de tela y atados con cuerda. Nunca había visto a su madre moverse con tanto sosiego. Intuía que todo se estaba transformando en muy poco tiempo. A la ciudad habían ido llegando más y más gentes de las marcas, a pie o arrastrando carros con sus cuatro pertenencias. Eran gentes asustadas, que se amontonaban en las plazas cercanas al puerto. Más tarde comenzaron a llegar hombres de armas. Ya no eran familias de labradores. Muchos guerreros alcanzaban la ciudad heridos, sin fuerzas, e iban a morir entre largas agonías a la Casa de las Curas. Los rostros sin expresión de los que volvían, las prisas y las carreras por las calles de la ciudad, las reuniones improvisadas en las plazas, llenas de gritos y rumores. Noticias, mentiras, medias verdades que se extendían deprisa...
Ya hacía unas cuantas lunas que no iba al taller de su maestro platero, donde pulía el metal y en alguna ocasión permitían que lo trabajara. Limas, punzones, polvo y el olor plomizo del taller habían quedado atrás. Vivía en la calle, con otros chicos y chicas, sin maestros, juntándose y separándose como lo hacen las gaviotas entre la cúpula del cielo y el mar, a voluntad. Toda aquella catástrofe de los mayores la favorecía. Hacía muchos días que podía hacer todo aquello que le viniera en gana. En casa sólo aparecía para llenar la barriga. Hasta que los alimentos comenzaron a escasear y aquellas bestias se plantaron a las puertas de su ciudad. ¿Cómo que no hacían nada los mayores? ¿No eran ellos la mejor raza, no lo decían los maestros? Aquella mañana, además, la expresión extraña en los ojos de su madre le produjo una sensación opaca. Miedo. Miedo a algo que todavía no sabía definir.
—¿Nos matarán, los murrianos?
Su madre dejó de moverse, sus manos quedaron paralizadas unos instantes. Veía muy bonita a su madre. Los ojos muy negros y redondos, las largas pestañas oscuras, los cabellos cortos oscilando en una pieza sobre su nuca. Su madre la miró. El sol de la mañana llegaba nítido hasta el comedor, donde se encontraban.

—Nos marchamos en dos o tres días. Quizás tu padre se quede unos días más.
—¿A casa de los abuelos? ¿A dónde?
—¡No! —Rió. Hacía muchos días que no la veía reír. Aquel sonido resonó, libre, entre las paredes azulosas del comedor. De pronto, su expresión cambió.
—A las Colonias —dijo muy seria—. Una vida nueva, nuevos vecinos. Tendrás otros amigos, hay muchos jóvenes, he oído decir. Alquilaremos alguna casa pequeña cerca de algún puerto. Colgaremos cortinas verdes, nuevas, éstas están ya raídas y, y... Tu padre encontrará otro puesto como oficial. ¡Tu padre es un soldado muy valiente!

Su madre calló y tomó asiento en una silla baja de madera, el cuerpo inclinado hacia delante, las manos formando un nudo. De repente parecía otra, perdida en medio de aquella marea de violencia y amenazas. Se quedó así sin decir palabra.

Salió corriendo a la calle. Casi no había nadie. El sol de mediodía caía, borrando las sombras en las calles de Vamurta. Desde hacía un buen rato no se oían las explosiones, allí, en el extremo oeste de la ciudad. El silencio parecía nuevo. Las avenidas deberían estar abarrotadas de vendedores de fruta y especies, de patronas, con su cesto bajo el brazo, llenas de comerciantes nerviosos llevando sus rollos de telas tintadas, de mercaderes de todas las razas buscando y regateando, atareados. Al poco volvió a escuchar el retumbar de las explosiones que paralizaban la ciudad, que la sumían en una tensión expectante, como si tras el trueno tuviera que suceder algo.

Última edición por igor; 11-Jan-2010 a las 10:01
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