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Azaharys
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Predeterminado "Las espadas del cardenal" - Pierre Pevel

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Es esta una novela muy ágil, sencilla, con muchas maquinaciones, ardides y relación de hechos que al final cuadra como un puzzle.
Pierre Pevel, nacido en 1968, es hasta ahora uno de los autores de fantasía más leídos en Francia. Ha escrito hasta la fecha un total de siete novelas, desde que se inició como guionista y creador de juegos, además de publicar algunas novelas bajo seudónimo. El éxito le llegó mediante "Las Sombras de Wielstadt" (publicada por la editorial Minotauro), y que ganó el premio Grand Prix de l'Imaginaire en el año 2002 a la mejor novela. En 2005 ganó el Prix Imaginales por "L´Elixir d´Oubli".

Nos encontramos ante una novela que se lee prácticamente del tirón y que te tendrá unos cuantos días enganchado siempre y cuando te vaya el género y te gusten los leves toques fantásticos de que hace gala. "Las Espadas del Cardenal" (Edhasa, disponible en FantasyTienda) nos sitúa en la Francia del siglo XVII, concretamente en el año 1633, de ciertas ucronías, gobernada por el rey Luis XIII, aunque como suele suceder con estas cosas, quién más manda es el que maneja todo el tinglado, en este caso el Cardenal Richelieu, el personaje más poderoso e influyente de la época. El mundo está sumido en el espionaje y en las tensiones diplomáticas entre países, con España concretamente, donde una gran logia secreta dirigida por semidragones, conocida como Garra Negra (“Griffe Noire” en francés) y que pretende establecer una sede en Francia, algo que no se debe permitir, ¿o sí?

El título de la novela hace referencia directa a un antiguo grupo selecto de espadachines que, bajo el pretexto de servir al rey, sirven directamente a las órdenes de Richelieu, su propio grupo de mosqueteros que envía a misiones secretas o a actividades de dudosa consecuencia. A La Fargue, antiguo capitán de este grupo, se le encomienda (no sin amenazas veladas y condiciones) reunir a los antiguos miembros del grupo, ya en desuso, para llevar a cabo una misión que, de fallar, tendrá graves repercusiones en la relación con España. Un movimiento ajedrecístico que no se apreciará hasta bien entrada la novela.

Con esta premisa, tenemos que pasar obligatoriamente a comentar los aspectos que me han parecido muy interesantes en este novela de capa, espada y fantasía (y a veces, incluso parece western). Ante todo están las referencias directas a Alejandro Dumas, allá donde creó escuela en las tres novelas de su D’Artagnan, sus mosqueteros, y el manipulador Richelieu, antagonista de la historia. Además, se nos hace mención muchas veces (y que tendrá importancia para la trama) al asedio del puerto de La Rochelle, donde muchos mosqueteros perdieron la vida y otros demostraron su valía y heroísmo.

Vistas estas premisas, "Las Espadas del Cardenal" es una novela de pura capa y espada, con leves toques de fantasía que no resulta fuera de lugar ni hace que desviemos nuestra atención del género principal. Como buena capa y espada, todo el texto está plagado de recursos propios del género, desde emboscadas de rufianes, traiciones, dobles engaños, duelos a espada, promesas largo tiempo enterradas… Todo ello forma un cúmulo que se ve muy bien en esta novela, de ritmo muy ágil y trepidante. Los personajes lo forman todo, desde sus maneras de actuar, sus personalidades, las habilidades específicas de cada uno, o sus actitudes a la hora de hablar, desembocando todo ello en las situaciones y tretas que se nos van planteando conforme avanza la historia. Sobre todo intriga, porque Pevel hace muy buen uso del clásico folletín, donde siempre quieres saber qué sucede en el siguiente capítulo y a qué personaje le tocará entrar ahora en escena.

Los capítulos son muy cortos (es muy raro que tengan más de cuatro o cinco páginas), algo que al principio queda raro porque le da un ritmo extraño, pero conforme avanza la novela te acostumbras y te das cuenta de que “lo que engancha” se debe principalmente a eso, además de la frase propicia justo al final que te hace pasar de hoja inmediatamente. Es lo que se conoce coloquialmente como un “pasapáginas”, y esta novela no es menos. Si a eso le añadimos el que la edición de Edhasa (el sello Marlow en este caso) tiene un tamaño de letra más bien grande y que la traducción está hecha con oficio (realmente hay muy pocas erratas, totalmente ignorables), nos encontramos ante una novela que se lee prácticamente del tirón y que te tendrá unos cuantos días enganchado siempre y cuando te vaya el género y te gusten los leves toques fantásticos de que hace gala.

Dichos toques de fantasía, que comento en el párrafo anterior, se deben a la inclusión de dragones y algún que otro detalle más, como ritos mágicos a modo de conjuros, o runas de poder. Si tenemos en cuenta todo el resto de la novela, el género fantástico es muy escaso en comparación, algo que agradezco porque personalmente me llama más la capa y espada tirando a “pura” que no mezclada con otras cosas. Como digo, los dragones hacen un acto de aparición constante, y los hay de varios tipos. Por un lado existieron hace mucho tiempo los grandes dragones, los que podemos contemplar en cualquier libro de fantasía donde aparezcan, pero por diversas razones, dejaron de existir en este plano de existencia, dando lugar a los semidragones, gente mezclada en la sociedad (fácilmente identificable por sus ojos) y cuyo contacto constante puede producir una enfermedad de mayor o menor grado (puede ser mortal) conocida como “ranse”. Y por último están las guivernas y los dragones pequeños. Los primeros sirviendo como monturas y los segundos como espías, mensajeros y mascotas (Richelieu siempre tiene uno al lado). Como digo, el tema fantástico está muy bien insertado en la novela, sin que llegue a ser un impedimento.

Lo peor de la novela, por decir algo, puede ser al principio la estructura de los capítulos, demasiado cortos, pero que se arregla enseguida (y seguramente sea solamente una preferencia mía). Hay poca descripción, tan sólo detalles y pinceladas del escenario y de los olores y la iluminación, por lo que quien busque una prosa recargada y poética deberá irse a otra novela, porque si hubiera sido de ese modo, no estaríamos hablando de un ritmo demasiado ágil. Decir que esa simplicidad en la descripción no influye en nada en la forma en que vemos actuar a los personajes, y además hay algunos detalles históricos de la época (e incluso posteriores), incluyendo lugares conocidos de calles y edificios en París que consiguen dar un buen ambiente al libro. Y aparte, quizá haya demasiada conspiración, que puede parecer forzada, ya que llegados a cierto punto, y para no perdernos, tenemos que parar a pensar qué es lo que encaja y qué es lo que nos queda por descubrir. Pese a todo esto, las pegas que le veo a la novela no me han impedido disfrutarla al cien por cien.

Así que "Las Espadas del Cardenal" es una novela muy ágil, sencilla, con muchas maquinaciones, ardides y relación de hechos que al final cuadra como un puzzle. Personajes interesantes, provenientes de distintas clases sociales, y todos ellos me han parecido memorables (Agnés, Leprat, Marciac, Saint-Lucq y el español Almadés son los que mejor me han caído). No faltan las damiselas en apuros (ni tampoco las que no están en apuros), los traidores, las carrozas que llevan a gente importante, las cruces de plata flordelisadas, los villanos que aparecen una y otra vez en escena (Malicorne y Malencontre son nombres propicios), ni tampoco los que se quedan hasta el final. Con todo este material, da para hacer una saga larga y más. Afortunadamente, "Las Espadas del Cardenal" es autoconclusiva, aunque tiene cosas que irremediablemente van a dar pie a sucesivas novelas, como ya ha ocurrido en Francia con "L’Alchimiste des Ombres" ("El Alquimista de las Sombras" como futuro título). Sinceramente, espero que Marlow no tarde en sacarlo y que este primer volumen haya tenido una buena acogida, porque me he quedado totalmente enganchado de las aventuras de La Fargue y su tropa de Espadas.

Que ganas de hincarle los ojos
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