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Antiguo 31-Jan-2010, 20:14   #11
Orco Escritor
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pronto colgaré el segundo capitulo
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Guardián del Bosque
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Joé, Orco, las encadenas! No me ha dado tiempo a leerme todo el capítulo, pero promete bastante... MUAJAJA!!! Me has inspirado a continuar con mis Efemérides ^^ Séééh
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Si la música es tu vida... HS

La novela que escribo, Efemérides de Adhôlean
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Orco Escritor (02-Feb-2010)
Antiguo 02-Feb-2010, 21:19   #13
Orco Escritor
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Capítulo II
La joven del bosque


Contaba ya Órgahm con doce años cuando una tarde de verano, se reunió con sus amigos Huor, Michel y Carlos en el jardín del monasterio con intención de escapar una vez más y dar una vuelta por los alrededores.
—No deberíamos ausentarnos—opinó Huor, que siempre se mostraba muy pesimista—. Cada vez que lo hacemos, nos obligan a rezar o a ayudar al hermano Raymod el sacristán, a preparar la misa del sábado o a…
— ¡Cállate, por favor!—exclamó Órgahm—. Lo haremos igual que lo hemos hecho siempre—y señalando con su dedo índice a la tapia trasera del jardín, que daba al bosque de Brasdby, añadió—: Por allí.
—Yo no creo que pueda escalar otra vez por ahí—intervino Huor—. Está muy alto. La última vez me partí el tobillo…
—Te subiremos entre los tres—le contestó Órgahm a Huor, palmeándolo en la espalda—. No creo que peses demasiado.
Uno a uno, los muchachos escalaron la tapia, aunque Huor necesitó ayuda, y saltaron por ella, cayendo en el verde prado que rodeaba al convento. Ante ellos, a unos cincuenta metros, se extendía el hermoso bosque.
— ¡Rápido, el último que llegue al bosque deberá regresar de inmediato al monasterio!—bromeó Órgahm, y corrió hacia la arboleda, seguido por Carlos, Michel y Huor, en ese orden.
Evidentemente, Huor fue el último en llegar al bosque, agotado y sofocado, incapaz de moverse más rápido debido a sus rechonchas y cortas piernas.
Órgahm observó a sus compañeros: Carlos y Michel parecían divertidos ante la idea de haber abandonado el convento; Huor, en cambio, se mostraba muy asustado ante la posibilidad de un castigo severo por parte del prior Pedro. En cuanto a Órgahm, el muchacho estaba simplemente excitado. No había sentido nunca tanta libertad, y aquello era nuevo para él.
—No pienso volver al monasterio ahora—dijo Huor, siguiendo la broma de Órgahm, tomó aire, y añadió fatigado—: ¡Necesito reposo!
Los cuatro muchachos descansaron unos minutos bajo la sombra de unos pinos, y Órgahm observó que Michel arañaba el tronco de un árbol con una piedra para poner su nombre.
—¿Qué haces?—preguntó Órgahm.
—¿Tú que crees?—le respondió Michel, con una amplia sonrisa—. ¡Inmortalizar mi recuerdo hasta el fin de los tiempos!
—¡Hasta el fin de los tiempos o hasta que un rayo parta el árbol!—se burló Carlos, que se hallaba tumbado bajo el tronco de otro pino, junto al fatigado Huor.
Después, los cuatro chicos comenzaron a andar por el bosque. Lo que más extrañó a Órgahm fue que no oyó ni un solo canto de pájaro, ni vio un solo conejo u otro animal fácil de encontrar en un bosque. No había ni un solo síntoma de vida animal en todo el bosque, y aquello le extrañó, pero no dijo nada.
Había transcurrido un rato cuando oyeron muy cerca una extraña melodía, entonada por una voz dulce, femenina y muy aguda, pero también una voz fría y desapasionada. La letra decía algo así:

Candente soy, como una llama
Hermoso mi cabello, añiles mis ojos,
Mis labios son sangre, de un intenso color rojo
Mi sonrisa embruja a todo hombre que ama.
Soy el emblema de la pasión
¿Anhelas mis labios, mi pelo, mis ojos?
¡Acércate y cae presa de mis encantos!
Pues yo seré quién te robe el corazón.

Órgahm y sus compañeros, intrigados por saber quién tenía una voz tan hermosa, se acercaron arrastrándose por la hierba, ocultos tras unos arbustos. El sonido les llevó a un pequeño claro, donde vieron a cuatro muchachas de su edad, risueñas y tumbadas bajo un enorme pino.
La chica que cantaba llamó poderosamente la atención de Órgahm. Cantaba con una voz dulce, quizá la más hermosa que Órgahm hubiese oído en la vida, y escucharla era un verdadero placer. Era casi tan alta como Órgahm y su cuerpo estaba bien proporcionado. El cabello castaño oscuro le caía liso por la espalda, sus ojos color zafiro brillaban con viveza y una pícara sonrisa se asomaba por sus dientes blancos como perlas. Habría resultado guapa de no ser por la frialdad de su mirada.
Órgahm sintió unos deseos irrefrenables de acercarse a las chicas y hablarles, y para asombro de sí mismo, tuvo el valor de ponerse en pie y mostrarse ante las muchachas. A su lado, y con gesto de autómatas, Carlos, Michel y Huor hacían lo mismo.
Entonces, las jóvenes se percataron de la presencia de los cuatro amigos, y la chica de ojos azules enmudeció. Durante varios segundos pareció asustada, pero luego se levantó y puso los brazos en jarras. Su mirada indicaba que estaba enfadada. Parecía sentirse furiosa, con toda probabilidad, debido a que los cuatro amigos la habían oído cantar.
—¿Quiénes sois vosotros?—preguntó la chica, con un tono muy arrogante que a Órgahm no le gustó nada.
—¡Somos unos inocentes viajeros!—los presentó Michel, con una sonrisa, para así relajar la situación.
—¡Pues menudo susto nos habéis dado!—vociferó la muchacha, con los ojos fuera de las órbitas y las venas del cuello algo marcadas.
—No pretendíamos asustarlas…—se disculpó Órgahm, modestamente—. Sólo dábamos un paseo por el bosque. Lo siento, ya nos íbamos.
La chica de ojos azules pareció relajarse, y sus compañeras la observaban un poco confusas. Otra de las muchachas, una joven de piel morena y cabello color arena le guiñó un ojo a Carlos, que le mostró una leve sonrisa y desvió la mirada, con el rostro sonrojado.
—Tranquilos, no tenéis por qué marchaos—explicó la muchacha de ojos azules algo más calmada, aunque su voz continuaba sonando arrogante—. El pinar es enorme, podéis seguir paseando o…—sonrió pícaramente, cosa que a Órgahm no comenzó a gustarle—podéis quedaos con nosotras…
Entonces la joven caminó hasta Órgahm y extendió su mano derecha, blanca y muy fina para que se la estrechara. Órgahm así lo hizo, aunque algo inseguro. Según le había contado Fray Károl, no debía hablar con personas desconocidas y evitar el contacto con chicas jóvenes y atractivas a cada instante, pues ellas hacían perder la devoción a los monjes de Éol.
—Me llamo Náhila, y éstas son mis hermanas—se presentó la chica—.Vivimos cerca del bosque, en una cabaña… ¿Y vosotros?
—Yo soy Órgahm, y ellos son mis amigos Huor, Carlos y Michel—dijo Órgahm, muy sereno. Náhila no le caía demasiado bien, pero había algo en aquella chica que simplemente le cautivaba.
—Venimos del convento de Jorge el Matadragones—intervino Carlos, contestando a la segunda pregunta de Náhila.
En ese momento, Órgahm observó que los ojos de Náhila brillaron con una pizca de desprecio, y tuvo un mal presentimiento, que creció cuando Náhila le hizo una señal a una de sus hermanas, una muchacha con el rostro lleno de espinillas y los dientes algo podridos. La muchacha asintió, corrió en la dirección contraria de la que habían venido Órgahm y sus amigos, y desapareció en la lejanía.
—Pensándolo bien, nosotros nos vamos…—añadió Carlos, en nombre de los cuatro muchachos, pues todos comenzaban a sospechar que aquellas jóvenes tramaban algo—. El prior Pedro debe andar buscándonos. Dentro de un rato nos toca ayudarle a preparar la misa…
—Hoy es lunes—recordó Náhila, con una sonrisa triunfante—. La misa suele celebrarse los sábados y los domingos, ¿no?
Órgahm, Huor, Michel y Carlos se miraron, intranquilos. Aquellas chicas eran peligrosas, y para colmo, las tres que continuaban en el claro avanzaban hacia ellos con una extraña sonrisa en los labios. Ninguno de los cuatro amigos sabía qué pretendían las jóvenes, pero sospechaban que no era nada bueno.
—Son tres—murmuró Órgahm, entre dientes—. No creo que corran demasiado, pero en caso de que así sea, tenemos la ventaja de que al escapar, uno de nosotros siempre podrá llegar al monasterio antes de que logren capturarnos a todos—en ese instante, sólo dos metros separaban a Náhila de Órgahm—. ¡Ahora, corred!
Órgahm echó a correr por el bosque, seguido de Carlos, Michel y Huor, éste último iba muy sofocado y muy detrás de los demás.
— ¡No escaparéis! ¡Este es nuestro bosque!—oyeron gritar a Náhila a sus espaldas—. ¡Os aplastaré como a hormigas, malditos frailes!
Entonces, mezclándose con las voces de Náhila, Órgahm escuchó gritar a Huor. El muchacho volvió la vista atrás y observó a su orondo amigo tendido en el suelo, bocabajo, y junto a él a una de las chicas, una muchacha alta, delgada y de mandíbula cuadrada; que sujetaba fuertemente los brazos de Huor, y apretaba al muchacho contra el suelo. El voluminoso Huor gritaba de dolor, con la cara manchada de tierra, pues su captora le presionaba salvajemente y permanecía impasible al dolor que le estaba causando.
Órgahm se paró en seco e iba a ir retroceder para ayudar a su amigo, pero Michel le sujetó del brazo y le espetó algo alterado:
— ¡Son brujas, Órgahm! ¡Adoradoras del Oscuro! ¡Si te cogen, te matarán!
— ¡Huor es nuestro amigo!—le espetó Órgahm, y trató de ir en su ayuda, pero Carlos y Michel le sujetaban por los brazos con fuerza—. ¡No voy a abandonarle aquí!
— ¿No lo entiendes?—dijo Carlos, con la cara desencajada por el miedo—. ¡Son brujas! ¡Si ninguno de nosotros logra escapar, nadie podrá venir a salvarnos! ¡Nuestra alma vagará para siempre en los Infiernos! ¡Vayamos hacia el monasterio! ¡Si llegamos, podremos volver con algunos monjes para rescatar a Huor!
Justo en ese momento, Náhila y la otra chica, la que había guiñado el ojo a Carlos, corrían hacia ellos a una velocidad asombrosa. Los tres muchachos, atemorizados, echaron a correr en direcciones diferentes.
Órgahm eligió el sendero que tenía a la izquierda y corrió a través de él lo más deprisa que le permitían las piernas. En varias ocasiones tropezó con algunas rocas que se encontraba en el suelo, pero era rápido por naturaleza, y antes de caer volvía a incorporarse y continuaba corriendo, sorteando los árboles que había ante él con gran agilidad.
El corazón le latía muy deprisa, y Órgahm creía que le iba a estallar a cada segundo que pasaba. Ahora no era euforia lo que sentía, sino miedo. Sabía perfectamente que las brujas realizaban rituales durante los que mataban a la gente de las formas más sangrientas que se le ocurrían: Les sacaban los ojos, le segaban la garganta, le arrancaban el corazón con un cuchillo de sacrificios… Y todo ello para terminar entregando el alma de la víctima al dios caído, Mortem el Oscuro, cuyo nombre nadie se atrevía a nombrar. Y lo peor de todo era que las almas de las personas asesinadas en estos rituales pasaban a pertenecer al Oscuro durante toda la eternidad. A Órgahm le aterraba pensar en aquellas cosas tan desagradables, por lo que trataba de correr cada vez más rápido, aunque sabía que si continuaba así, pronto las piernas le fallarían.
Llevaba corriendo varios minutos cuando oyó otro grito a sus espaldas. Durante unos segundos pensó que se trataba de Carlos o de Michel, pero entonces comprendió que la voz era demasiado aguda para ser la de uno de sus amigos.
— ¡Te cogeré, Órgahm, maldito seas!—oyó la voz de Náhila a sus espaldas.
El muchacho volvió la vista atrás y vio a Náhila caída en el suelo, tratándose de levantar, con las rodillas llenas de barro, y el odio reflejado en aquellos preciosos pero fríos zafiros.
Órgahm hizo un gesto de despedida a la chica y siguió corriendo. Pero fue en ese instante cuando chocó contra alguien que surgió tras un árbol, y Órgahm cayó al suelo. El joven alzó la vista para ver quién era la persona con la que había chocado: Se trataba de una anciana alta y recia, de mirada dura, el rostro lleno de arrugas y piel muy arrugada y curtida. Vestía ropas pardas y tenía aspecto de mendiga.
— ¡Señora, ayúdeme!—suplicó Órgahm a la anciana, incorporándose—. ¡Unas brujas quieren matarnos a mí y a mis amigos!
La anciana ni se inmutó, y Órgahm leyó la verdad en sus ojos grises.
Ella también era una bruja.
Antes de que el chico pudiese gritar, la anciana lo derribó de un fuerte puñetazo en la nariz, y el chico cayó al suelo, sangrando por una de sus fosas nasales. Órgahm trató de incorporarse, pero la bruja le puso un pie sobre el cuello, ahogándole poco a poco.
Órgahm trató de quitársela de encima, pero la anciana era mucho más pesada que él y sorprendentemente, poseía mucha más fuerza. De repente, escuchó la arrogante voz de Náhila muy cerca y comprendió que todo estaba ahora en manos de Éol. El muchacho divisó a la chica junto a la anciana, con los brazos cruzados sobre el pecho, apoyada contra el tronco de un árbol y exhibiendo una desagradable sonrisa de triunfo.
—Sabía que íbamos a capturarte, Órgahm—se burló Náhila—. Éste es nuestro bosque, nuestra casa. Vivimos aquí desde hace años, y no nos gusta que unos malos vecinos como vosotros, los monjes de Éol, vengan a visitarnos…
— ¡Vete al Infierno!—dijo Órgahm, impotente, al comprender su destino.
Náhila y la anciana intercambiaron una mirada de orgullo, y fue la joven bruja quien respondió a Órgahm:
—No se deseo otra cosa, querido.
Entonces, el muchacho sintió un terrible golpe en la cabeza y todo se convirtió en tinieblas…


Cuando Órgahm recuperó la consciencia, se encontró en una pequeña, lúgubre y espeluznante cueva, en cuyas paredes se encontraban dos grandes antorchas cuya llama se agitaba continuamente. La luz de la luna penetraba en la caverna por la única entrada de ésta, e iluminaba directamente a Órgahm en el pecho. El muchacho yacía atado de pies y manos a un altar de piedra por unas cadenas de acero.
La brujas habían desnudado completamente al joven, a excepción de los calzones, pero ése era el más pequeño de sus problemas. Sabía donde le habían llevado las brujas y lo que le iban a hacer.
Aquella era sin duda la Cueva del Aquelarre, el lugar donde las brujas realizaban sus macabros rituales.
Órgahm trató de librarse de sus ataduras haciendo acopio de sus últimas fuerzas, pero no fue capaz. Eran demasiado resistentes. Sin embargo, no por ello dejó de intentarlo y trató de sacar las manos por los grilletes, pero no lo consiguió.
El muchacho se sentía terriblemente asustado, de hecho, jamás había sentido tanto miedo y de un momento a otro comenzaría a sollozar. Pero pese a estar tan asustado, a Órgahm le preocupaba mucho más qué había sido de sus amigos. ¿Habrían logrado llegar al monasterio o las brujas les habrían logrado dar alcance?
En ese momento, irrumpieron en la cueva Náhila y sus tres hermanas, seguidas por la anciana bruja, que arrastraba los cuerpos inconscientes de Michel y Huor.
Pero no había ni rastro de Carlos.
Las brujas se habían cambiado de ropa, y todas lucían unas elegantes túnicas negras que le llegaban hasta los pies. Pero no Órgahm no se paró a fijarse en ese detalle.
— ¿¡Qué le habéis hecho, brujas?!—Gritó Órgahm, incapaz de dejar de pensar en su amigo—. ¿Dónde está Carlos?
—Rastreamos el bosque y no logramos dar con él—contestó la anciana bruja, con una voz acerada más propia de un rudo campesino—. Debe haberse abierto la cabeza cuando se dirigía hacia el convento…
—No…—sollozó Órgahm, imaginándose la escena, y comenzaron a brotar lágrimas de sus ojos.
Carlos estaba muerto. La única esperanza que le quedaba se había desvanecido. Iban a morir en aquella cueva como unos mártires, y nadie sabría jamás qué había sido de ellos…
Órgahm desvió la mirada hacia una de las antorchas y comenzó a llorar en silencio. Oía perfectamente cómo las brujas se burlaban de él, pero nada de eso importaba ahora.
—Es la hora—informó la anciana bruja, que introdujo sus arrugados dedos en uno de los bolsillos de la túnica negra y extrajo de ella un cuchillo de piedra muy afilado—. Comencemos.
La anciana avanzó hacia Órgahm, que al ver el cuchillo, trató en vano de librarse de las cadenas una vez más.
— ¡Piedad!—rogó Órgahm, con el rostro surcado de lágrimas.
Aquello únicamente provocó las risas de las brujas.
—¡No hay piedad para quienes adoran a Éol!—exclamó la anciana bruja, con odio, y se situó frente a Órgahm, alzando el cuchillo sobre su pecho y comenzó a gritar como si estuviese realizando un hechizo—: ¡Oh, gran señor, tú que reinas en los Infiernos y cuyo poder supera al de Éol, te rogamos de rodillas—Náhila y sus tres hermanas se arrodillaron, obedientes—que aceptes el alma de este joven, futuro servidor de Éol y nos transmitas su poder!
En ese mismo instante, una gran corriente de aire penetró en la cueva, provocando que una de las antorchas de las paredes se apagase, y entonces, se oyó una terrible voz masculina, fría y muy grave que parecía provenir del mismísimo altar, que dijo:
—Sea, bruja. Acepto su alma.
—Gracias, mi señor—dijo la anciana bruja, haciendo una leve reverencia al altar en el que Órgahm se encontraba encadenado—. Cumpliré su voluntad.
La anciana alzó la daga de piedra sobre el pecho de su joven víctima, Órgahm, que se sentía más asustado a cada segundo que transcurría, pues comprendía que su muerte era cada vez más cercana, y que pronto se reuniría con el Oscuro.
Pero la muerte no le llegó, porque en ese momento un relámpago azulado pasó silbando desde la entrada de la cueva hasta la mano de la anciana, que al sentir la piel ardiéndole, lanzó un grito de dolor y arrojó la daga contra la pared de roca. El arma chocó contra el muro de piedra y cayó al suelo, a varios metros del altar.
— ¿Qué es esto?—preguntó la bruja, sorprendida por lo ocurrido, y miró a sus cuatro ayudantes esperando respuesta. Las cuatro chicas miraban a su alrededor, confusas y muy nerviosas.
La anciana bruja halló su respuesta cuando un hombre muy extravagante entró en la cueva sin dejarse intimidar por el ritual.
—Magia—respondió el hombre, muy tranquilo. Poseía una voz grave y muy solemne—. Magia verdadera, no como la que el Oscuro os otorga.
Órgahm centró su atención en el hombre: Se trataba de un anciano de cabellos y barba blancos y muy largos. Sus ojos eran como zafiros azules, pero al contrario que los de Náhila, éstos se mostraban cálidos y exhibía una agradable sonrisa en su rostro. En cuanto a su constitución, era alto y de aspecto vigoroso, a pesar de los años. Vestía una túnica negra y un puntiagudo sombrero, y entre sus arrugadas manos blandía una larga vara de madera.
Aquel hombre le resultaba familiar a Órgahm, pero el joven no recordaba haberlo visto nunca.
— ¡Maldito seas, mago!—gruñó la anciana bruja, con el rostro desencajado por la ira—. ¿Crees que puedes venir a nuestra guarida e irrumpir en nuestro ritual?
—He venido para detener tus malvados designios, bruja—informó el Mago, sin alterarse—. Respeta la vida de estos muchachos—señaló a Órgahm y a los cuerpos inconscientes de Huor y Michel—o sufrirás mi ira.
Náhila y sus tres hermanas se interpusieron entre la anciana bruja y el mago, retando a éste último a que se atreviese a atacarlas. La anciana bruja, al ver el valor de sus acólitas, sonrió con orgullo, y dirigiéndose al mago le dijo:
— ¿Tu ira?—una sonrisa de maldad se dibujó en el rostro de la anciana—. No temo a un simple lanzador de hechizos, pues el Señor de las Tinieblas me protege. Él posee el poder sobre todos los seres del mundo entero, tanto de los vivos como de los que ya han muerto. Su poder es superior al de Éol y sus patéticos vástagos; y si lucho contra ti para apoyar la causa de mi amo, seré yo quien venza.
—Sólo existe un Señor, no olvides eso cuando te llegue la hora—advirtió el Mago—. Él domina el curso de la vida, él elige quienes viven o mueren. Su nombre es Éol, y nadie, y menos aún alguien como Mortem el Oscuro puede derrotarle—Tanto las brujas como Órgahm quedaron impresionados ante la valentía del Mago, pues la gente no solía pronunciar el nombre del Oscuro, pues la tradición decía que traía mala suerte.
Dicho esto, el Mago pronunció una sola palabra en una lengua arcana. De sus manos brotó una bola de fuego, y la arrojó contra la anciana bruja y sus acólitas.
Las cinco brujas se arrojaron al rocoso suelo para esquivar el ígneo proyectil, que se estrelló contra la pared y formó en ella un agujero.
A esto aprovechó el Mago para acercarse a Órgahm, que se encontraba algo asustado; ya que nunca había visto a un mago, y según le había contado el subprior Károl, solían ser hombres muy perversos.
— ¡Tranquilo, chico!—exclamó el Mago, y el tono en que habló a Órgahm hizo que el muchacho se relajase—. No quiero hacerte daño. Sólo quiero liberarte….
Entonces, el Mago pronunció unas palabras en lenguaje arcano y rompió los dos grilletes que encadenaban a Órgahm de los pies y uno de los que le encadenaba de la mano. Habría roto también el último, pero en ese momento, las brujas se incorporaban y se dirigían hacia él con la ira reflejada en sus rostros.
— ¡Acabad con el Mago!—vociferó la anciana bruja—. ¡Matadlo!
Las cuatro jóvenes brujas arremetieron contra el Mago al mismo tiempo, y éste, al verse en peligro pronunció las palabras de otro hechizo, y desapareció. Órgahm parpadeó, incapaz de creer lo que había visto, y observó cómo el Mago reaparecía en un rincón apartado de la cueva.
Entonces, el Mago dijo las palabras de otro hechizo y de su vara brotó un rayo azulado que impactó en la espalda de una de las chicas, la de las espinillas, y la joven se quedó rígida como si fuera un maniquí. De inmediato, la joven se convirtió en una estatua de piedra.
Las otras tres jóvenes brujas gritaron llenas de odio al hombre que había petrificado a su hermana y corrieron hacia el Mago. Éste vio por el rabillo del ojo como la anciana bruja recogía del suelo el cuchillo de piedra y sonrió.
—Nunca ataques por la espalda—aconsejó el Mago a la bruja, apuntándola al pecho con su vara.
La anciana arrojó el cuchillo de piedra contra el Mago, que lo esquivó, aunque le pasó a escasos centímetros de su oreja.
En ese momento, el Mago pronunció una palabra en lenguaje arcano y de la vara brotó una bola de fuego, la cual arrojó contra la anciana bruja. El proyectil fue aumentando de tamaño a medida que se dirigía hacia su objetivo, y aquella vez no falló.
La anciana aulló de dolor al sentir que el fuego la envolvía y le abrasaba la carne, y echó a correr hacia la salida de la cueva mientras balbuceaba entre lamentos incomprensibles.
Dos de las jóvenes brujas se dirigían hacia el Mago para alcanzarlo por la espalda, pero Órgahm las descubrió a tiempo y gritó:
— ¡Cuidado, señor!
El Mago se dio la vuelta a tiempo para esquivar a la chica que había guiñado el ojo a Carlos, y la golpeó con su vara al tiempo que pronunciaba las palabras arcanas de otro hechizo. La joven quedó paralizada en el aire, incapaz de moverse.
Órgahm, encadenado de una mano al altar observó que Náhila corría hacia el Mago con la ira reflejada en sus ojos color zafiro, por lo que se interpuso entre ambos y derribó a la joven acólita de un puñetazo en la cara.
Cuando Náhila se desplomó en el suelo inconsciente, Órgahm sonrió, y no pudo evitar pensar que ya estaba en paz con ella.
Órgahm observó a la anciana bruja, que en aquellos momentos escapaba de la cueva con todo su cuerpo ardiendo en llamas, pero el Mago no se lo permitió, y apuntándola con la vara mientras se alejaba, pronunció las palabras arcanas de un hechizo.
De la vara del Mago brotó un relámpago de color verde, que impactó en la espalda de la bruja en llamas, que emitió un quejido lastimero y se desplomó en el suelo para no volver a levantarse.
Lentamente, el Mago se dio la vuelta esperando encararse a su última rival, la chica alta de mandíbula cuadrada, esperando que ésta le atacase con saña. Pero no fue así. La joven llevaba entre sus manos el cuchillo de piedra y lo observaba desafiante, mientras vigilaba que el Mago no se acercase a los cuerpos inconscientes de Huor y Michel. Órgahm observaba la escena, atado al altar, incapaz de liberarse.
—Baja el cuchillo, muchacha—ordenó el Mago, muy serio—. Esa daga es propiedad del Oscuro y tú no tienes el poder necesario para usarla.
—Me subestimas, Mago—le contradijo la muchacha.
—Esa daga acabará por anular tu voluntad—advirtió el Mago, algo preocupado—. Eres tan sólo una acólita, no puedes dominar un objeto tan maléfico. Suéltala ahora que aún puedes, y te prometo que os llevaré a ti y a tus hermanas a un lugar donde podáis estar a salvo.
—No confío en ti, has matado a nuestra líder—continuó la joven—. Sé que nos temes porque sabes que tenemos poder suficiente para destruirte y manejar esta daga a nuestro antojo, pues nuestro señor nos protege.
—Te equivocas, es el Oscuro quien te domina a ti—respondió el Mago, muy tranquilo, y cruzándose de brazos—. Para Mortem sólo sois simples peones en su gran partida de ajedrez. Peones a los que puede reemplazar a su antojo.
En ese momento, sin que el Mago lo pudiera evitar, la joven bruja se hundió el cuchillo de piedra en su pecho, se derrumbó en el suelo, y añadió, agonizante:
—Te ofrezco mi alma, gran Mortem…
Y dicho esto, expiró.
El Mago se acercó al cadáver de la muchacha, y le cerró con los ojos con respeto. No le esperaba un buen final. Mortem la torturaría durante toda la eternidad, y cuando ella le pidiera que parase, el Oscuro continuaría; pues había sido una ofrenda para él. Después se dirigió hacia Órgahm y rompió la última cadena con un hechizo.
—Gracias por salvarme, señor…—dijo Órgahm—. Mis amigos—señaló a Michel y Huor—, ¿se pondrán bien?
—Sí, sólo están algo drogados…—informó el Mago, quitándole importancia.
—¿Quién es usted? No sabía que los magos salvasen a la gente…—preguntó Órgahm, confuso—. El subprior Károl me contó que…
—Mi nombre poco importa ahora…—intervino el mago, con una sonrisa.
Órgahm observó los ojos azules de su salvador, antes de quedarse profundamente dormido…

Última edición por Orco Escritor; 14-Jul-2010 a las 16:26
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Antiguo 02-Feb-2010, 22:11   #14
Mors Mortis
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Sublime. Orco, de verdad, me encanta tu novela, cada capítulo engancha de una forma impresionante y lo narras todo muy bien. La trama, parece ser muy típica por ahora pero aún así eso lo vuelve bonito. Mi enhorabuena ^^.
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Bien, bien, muy bien orco!
Me gusta. Muy vívidas las descripciones, sabes mantener la tensión y el suspense. Ahora vamos con los errores, que son bastante insignificantes.
Cita:
. Oía perfectamente como...
ese como va con acento
Cita:
y observó como el Mago reaparecía en...
Ese otro también.
Cita:
Ése arma es propiedad...
Sería en todo caso "Esa", y sin tilde.
Por último, los diálogos. NO van guiones cortos, van siempre largos, no lo confundas ozy
Esta página te dirá todo lo que necesitas sobre ellos
http://axxon.com.ar/t-guionado.htm
Lo demás está bien.
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Me ha gustado bastante, es de temática parecida al libro que estoy escribiendo yo. En lo que se refiere a la escritura y la expresión está bastante bien. Espero leer más, ¡Sigue así!

Fantasy13
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Echa un vistazo a mi novela de fantasía: www.elamuletodelvolcan.blogspot.com
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Orco Escritor (04-Feb-2010)
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Orco Escritor
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Capítulo III
El monje y la bruja


Órgahm despertó tres días después en la habitación de Fray Károl, como si hubiese despertado de un sueño muy profundo. Al contrario que el dormitorio de los muchachos huérfanos, que dormían en grupos de cuatro, los dormitorios de los monjes eran más amplios y cada uno pertenecía sólo a un hombre. La habitación de Károl tenía un escritorio y una silla de madera frente a una ventana, unos estantes repletos de libros, una cómoda cama y un armario empotrado.
Lo primero que Órgahm vio fue el rostro sonriente de Károl, que le observaba sentado en la silla, frente a la cama donde reposaba el muchacho.
— ¿Cómo te encuentras?—quiso saber el monje.
—Bien, gracias padre…—contestó Órgahm, respetuosamente—. ¿Cómo se encuentran mis amigos?
—Se recuperarán—afirmó Fray Károl—Todos os habéis salvado gracias a la rapidez de Carlos. Consiguió llegar al convento al anochecer, muy alterado, nos contó que os habían capturado unas brujas y que había avisado a un peregrino para que buscase ayuda. Gracias a ese peregrino, tú y tus dos amigos estáis vivos.
—Un momento…—dijo Órgahm, confuso—. ¿Qué está diciendo de un peregrino? No nos salvó ningún peregrino…
—Las brujas debieron haberos drogado, por lo que no lo recordarás—explicó Fray Károl—. Un humilde peregrino que venía desde Fóklun os salvó de aquellas brujas, combatiendo contra ellas bravamente…
Órgahm se extrañó. Nadie había ido a la cueva a salvarles, salvo el Mago, y éste no parecía ser un humilde peregrino…
—Usted se equivoca, padre—dijo Órgahm—. No fue un ermitaño el que nos salvó, sino un mago, un mago con un inmenso poder…
—Órgahm, seguramente sufriste una alucinación al estar bajo los efectos de la droga…—opinó Károl, sin alterarse—. Quien os salvó fue un peregrino, armado únicamente con su bastón y una antorcha.
Órgahm no lo creyó. Él sabía muy bien lo que había visto.
— ¿Dónde está el peregrino?—preguntó Órgahm.
—Decidió marcharse cuando os encontramos en la cueva—dijo Károl—. Fue un hombre muy amable y simpático. Parecía un enviado de los dioses…
— ¡Padre, sé lo que vi!—exclamó Órgahm, con nerviosismo—. ¡Era un mago!
—Los magos no ayudan a las personas—contestó Károl, muy sereno.
Órgahm no comprendía el por qué del pensamiento de Károl, que creía que los magos eran enviados del mal, ya que cualquier persona podía conseguir todo en la vida sin necesidad de magia. Y los magos, en cambio, lo lograban todo mediante sus trucos, jugando con cosas tales como la vida, la muerte, el tiempo y los elementos, y eso los hacía parecerse algo más a los dioses.
Y parecerse a los dioses es el mayor de todos los sacrilegios si eres un ferviente seguidor de Éol.
Pero Órgahm pensaba de otro modo: La magia podía resultar buena o mala, y todo dependía de cómo se usara.
— ¿Qué ha sido de las brujas?—preguntó entonces Órgahm.
—Dos de ellas, una anciana y joven, murieron durante la refriega con el peregrino—explicó Károl—Las otras dos fueron encarceladas y las ahorcaron en la plaza de Brasdby ayer por la tarde.
— ¿Y la última?—quiso saber Órgahm.
Károl se mordió el labio, y tras unos segundos de silencio respondió:
—Escapó. No hemos conseguido dar con ella…


Náhila, la joven bruja de ojos azules, había logrado escapar del ataque del Mago, y posteriormente también de la larga búsqueda que los monjes de Éol habían efectuado en el bosque. El mérito no era suyo, sino de un monje menudo y pelirrojo, que la descubrió escondida entre unos arbustos y le dijo:
—Tú y yo apoyamos la misma causa. Dirígete a Brasdby y ocúltate en una vieja casa de piedra cuya puerta tiene el emblema de una mano roja. Allí nadie te descubrirá. Nos reuniremos en el Monte del Aquelarre dentro de tres días cuando todo esto se haya pasado. Te estaré esperando. ¡Larga vida al Oscuro!
Dicho esto, el extraño monje gritó a sus compañeros que aquella zona del bosque estaba totalmente desierta y observó cómo Náhila se dirigía a toda prisa hacia Brasdby.
Ahora, la joven bruja había regresado al Monte del Aquelarre para acudir a la cita del misterioso monje, y al entrar en la cueva donde había muerto la líder del grupo y donde sus hermanas habían sido detenidas, sintió que el odio recorría su cuerpo.
Verdaderamente, ninguna de aquellas muchachas era hermana suya, pero las unía un vínculo tan íntimo que Náhila las trataba como tales, y por ello, ahora odiaba con toda su alma a las personas que se las habían arrebatado.
Y más concretamente, odiaba al joven que había arruinado el ritual: Órgahm.
Cuando Náhila entró en la cueva, se encontró cara a cara con aquel extraño monje que le había salvado la vida. En aquellos momentos, el religioso no vestía los hábitos marrones que solían ostentar los monjes de Éol, sino una túnica negra que le cubría los pies, muy semejante a las que solía usar la antigua líder de Náhila, pero con el emblema de un demonio rojo en el pecho. El monje era un hombre menudo y con el pelo rojizo peinado hacia atrás. Sus ojos pequeños e inquisitivos se movían con rapidez, observando a Náhila, la cual sintió que el religioso le dirigía una leve mirada lasciva.
Era Fray Timothy, el tesorero del monasterio de Brasdby.
El monje había posado una de sus manos sobre el altar de los sacrificios y lo acariciaba como si fuera un perro.
—Has venido—indicó Timothy, con una extraña sonrisa.
— ¿Quién eres?—preguntó Náhila.
—Digamos que soy seguidor de Mortem…—contestó Timothy, orgulloso, y Náhila dio un respingo. Nadie salvo aquel temerario Mago se había atrevido a decir el nombre del Oscuro, y menos aún, uno de sus servidores—. Trabajo para Éol, pero todos estos años he estado esperando a encontrar con alguien como tú, alguien que compartiese mis creencias, y de ese modo poder volver a la senda del Oscuro; de la que tuve que alejarme por miedo a morir a manos de esos malditos inquisidores de Klántor…
—En otras palabras, estás de mi lado…—se le adelantó Náhila, con cierto desprecio, que Timothy no pareció notar.
—En efecto—afirmó el monje, y su tono indicó a la joven que el desprecio era mutuo—. Únicamente necesitamos reunir a la antigua cofradía, a aquellos que aún son fieles a Mortem, y luego, ¡volveremos a resurgir de las cenizas cual ave fénix para destruir a quienes se nos opongan!
—Lo siento, pero de momento no puedo ayudarte…—se disculpó Náhila—. Sólo soy una simple muchacha, apenas tengo más poder que un servidor de Éol… Mi antigua líder… Ella sí que era fuerte, podía haberte ayudado…
—Tal vez Mortem pueda ayudarte…—sugirió Timothy, que sacó de uno de sus bolsillos una botellita llena de sangre, y la derramó sobre el altar de los sacrificios. Entonces, extendió sus brazos, alzó la cabeza y vociferó—: ¡Oh, gran señor, tú que reinas en los Infiernos, escucha mis plegarias!
Pasaron unos segundos de silencio y la voz terrible, fría y grave del dios Mortem se escuchó en toda la cueva:
— ¿Qué puedo hacer por tan ferviente seguidor?
—Yo nada requiero, pero mi joven compañera no puede prescindir de sus grandes favores—explicó Timothy, cortésmente.
— ¿Cómo puedo ayudarte, bruja?—preguntó la voz de Mortem.
—Deseo venganza—dijo Náhila, con su tono arrogante y su mirada fría, fija en el sangriento altar—. Mis compañeras, mis amigas, mis hermanas, han muerto a manos de gentuza—las palabras de la joven estaban cargadas de odio—. ¡Gentuza que alardea por venerar a Éol y a sus hijos! ¡Gentuza que nos desprecia, nos persigue y ejecuta por defender la causa justa de creer en alguien tan maravilloso como usted, mi señor, amado Príncipe de las Tinieblas!—Náhila tragó saliva y continuó su discurso sin intimidarse—: ¡Me gustaría acabar con esa gente para así vengar a mis hermanas!
—Entonces, acaba con ellos…—propuso la voz de Mortem, con sarcasmo.
—Lo haría, pero soy débil y nunca podría lograrlo—explicó Náhila—. Y por ello necesito que me otorgue el poder necesario para destruirlos a todos…
—Te admiro, joven bruja—dijo la voz de Mortem—. Ahondo en tu corazón y veo más maldad de la que jamás vi en el corazón de tus hermanas o tu antigua líder… Llegarás lejos, estoy seguro… Seductora, decidida, perversa y traicionera. Posees grandes cualidades y apuesto a que sabes cómo emplearlas en tu favor… Tal vez seas algo arrogante, pero ya aprenderás a controlar tu ira… Sin embargo, no voy a otorgarte más poder… Tienes suficiente…
—No comprendo…—dijo Náhila.
—Posees el don de la magia—explicó la voz de Mortem, y Timothy la observó fascinado. Una maga en la cofradía siempre era bien recibida—. Magia verdadera como la que ese Mago emplease contra tus hermanas y tu antigua líder… Primero deberás aprender a controlar tus poderes con ayuda de un mago, que deberá aceptarte como aprendiza y enseñarte todo lo que debes saber sobre esa extraña ciencia a la que llaman magia. Una vez que concluyas tu aprendizaje, te convertirás en una maga consagrada. Entonces volverás aquí, y junto al fiel Timothy, liderareis a la cofradía. Y entonces, cumplirás con tu venganza…
Náhila sonrió, e hizo una reverencia al altar de los sacrificios.
Estaba deseosa por empezar.


El encuentro con las brujas había marcado completamente al joven Órgahm. Habían transcurrido tan sólo dos años desde que Náhila le capturara, pero fueron suficientes para que el joven huérfano madurase. De hecho, sus habituales fugas junto a Carlos, Michel y Huor terminaron aquel día.
Se había vuelto un joven muy atractivo a sus catorce años, y continuaba poseyendo ese espíritu aventurero que siempre le había caracterizado, pero ahora era mucho más responsable, y se había vuelto callado, solitario y muy devoto. Aunque su pensamiento sobre entregar la vida a un dios, fuera el dios que fuera, continuaba siendo el mismo.
Sin embargo, deseaba con todas sus fuerzas viajar por todo el continente, conocer gente y sobretodo, volver a ver al Mago que le había salvado de las brujas y averiguar quién era.
Ahora bien, Órgahm se mostraba muy atento en conocer noticias del exterior en cuanto llegaba algún peregrino al monasterio. Al parecer, la situación del reino era insostenible, y muchos campesinos habían abandonado sus aldeas y se dirigían a las grandes ciudades, como Klántor o Fóklun. La razón era la cruda guerra civil que se estaba produciendo, entre el rey Mordred y las tropas rebeldes.
Todo había comenzado hacía doce años, cuando los Caballeros Negros asediaron la capital del reino, Klántor, y acabaron con el legítimo rey, un hombre valeroso y justo, llamado Artús.
Mordred, uno de los caballeros de Artús, fue quién en el último momento traicionó al buen monarca y le asesinó hundiéndole sin mostrar ningún tipo de piedad. Junto a él, otros ocho grandes caballeros también dieron la espalda a Artús, y pasaron a ser conocidos desde aquel día como los Caballeros Traidores. Entonces, el regicida Mordred comunicó a sus ocho compañeros que había sido él quien había comandado a los Caballeros Negros desde el principio y les hizo jurar que le apoyarían hasta la muerte. Le acompañaba su leal general Cerbero, cuya existencia y maldad se extendía por todo el país desde hacía varias décadas, y se rumoreaba que era inmortal. El regicida se autoproclamó rey de todo Klántor con el apoyo de los Caballeros Traidores, a los que nombró regentes de las ciudades conquistadas.
Desde aquel momento Mordred impuso unos elevados impuestos a los aldeanos, y a quienes no podían pagarle, les hostigaba quemando sus cosechas, destrozando sus casas, asesinando a sus familias…
Pero los diez últimos caballeros leales a Artús no podían dejar que aquel usurpador destrozara todo lo que el legítimo rey había creado a lo largo de veinte años de paz y justicia. Se reunieron en los bosques de Norfolk, una de las ciudades rebeldes, un año después de la muerte del rey y apoyados por algunos nobles de ciudades oprimidas o que compartían la misma causa, decidieron comenzar la guerra civil, que se alargaría muchos años.
Durante muchos años, la guerra había sido silenciosa y únicamente se producían pequeñas batallas campales y alguna que otra emboscada. Pero ahora era frecuente que ciudades de ambos bandos saliesen perjudicadas con bastante frecuencia. Esto era debido a que las victorias de los rebeldes sólo servían para enfurecer a Mordred, que día a día continuaba sobreviviendo en el castillo de Klántor y haciéndose más y más poderoso. Y ahora había enviado a Cerbero, el mejor de todos sus generales y su mano derecha, para arrasar a todo aquel que no le mostrase lealtad y de esa manera propagar por todo el reino que a Mordred aún le quedaba mucho poder.
En cuanto a Cerbero, nadie sabía cómo era su rostro, pues desde que comenzase a combatir contra Artús siempre se había cubierto la cara con un yelmo negro terminado en dos cuernos semejantes a los pitones de un toro. Llevaba siempre una armadura negra y una enorme espada que manejaba con gran habilidad, y todo el mundo se refería a él como el Caballero Negro Sin Rostro.
Pero Órgahm comprendía que aquella guerra civil nunca le afectaría ni a él ni a los monjes. Tanto los rebeldes como los Caballeros Negros no acudían a destrozar monasterios ni a matar a los religiosos que vivían en ellos. De hecho, los monasterios eran ignorados por completo, como si los monjes fuesen miembros de otro reino, un reino muy lejano y al que no merecía la pena saquear.
Pero lo cierto era que Órgahm se mostraba más agobiado a cada día que pasaba, pues aborrecía la vida de los monjes y sabía que pronto se convertiría en uno de ellos. Pero todos los monjes querían que el muchacho tomase los votos y vistiese el hábito, por lo que a ninguno de ellos le importó su estado…
Un día, Huor Racroom se encontró a Órgahm en los jardines del monasterio, cabizbajo y leyendo un libro.
— ¡Qué bien, Órgahm!—exclamó Huor, lleno de alegría—. ¡Dentro de dos semanas tomaremos los votos y podremos vestir los hábitos! ¡Igual que hizo el hermano Carlos el año pasado! ¿No es estupendo?
— ¿Cómo puedes tener tanta fe en un dios del que no puedes asegurar su existencia?—preguntó Órgahm, desganado.
—Porque es justo y para él todos somos iguales—explicó Huor, muy convencido—. Me levanto cada mañana y sé que el día va a ser bueno, porque él estará conmigo. Merece la pena entregar la vida sirviendo al Creador, te lo aseguro. Nunca he entendido el por qué de tu actitud, Órgahm…
—Puedes servir a un dios sin tener que hacerte monje, y ahora soy yo quien te lo asegura; ser religioso no te hace mejor persona—razonó Órgahm, y poco a poco comenzó a hablar más alto—: Si no te convirtieses en monje, vivirías una vida normal junto a tu mujer y tus hijos… ¡Y no volverías nunca a esta maldita cárcel!
—No te entiendo—dijo Huor, horrorizado—. ¿Estás insinuando que no quieres ser monje?
—No lo insinúo, lo afirmo—contestó Órgahm, muy serio—. Tal vez tú debas tomar los hábitos para vivir recluido entre estas cuatro paredes y conseguir mediante la oración que el mundo sea mejor día a día, pero yo no puedo quedarme encerrado. Quiero ver el mundo, conocer gente, formar una familia…
—Entonces, ¿Qué vas a hacer?—quiso saber Huor.
—Informaré al padre Károl sobre mi falta de fe y le pediré que me deje marchar del convento para conocer el mundo—respondió Órgahm, con la mirada fija en el cielo azul.
—Pero, ¿y si no te deja marchar?—dijo Huor.
—La tristeza me consumirá lentamente—murmuró Órgahm, y su voz sonó débil.
Dicho esto, el muchacho abandonó los jardines, sin ni siquiera despedirse de su amigo Huor. Órgahm se dirigió entonces a la habitación de Fray Károl, y al llegar ante la puerta, la golpeó con los nudillos.
— ¿Quién es?—preguntó el subprior, desde el interior de la estancia.
—Soy Órgahm, padre—se presentó el muchacho.
—Pasa, muchacho—ordenó Fray Károl, alegremente.
Órgahm entró en la habitación del monje. Lo encontró sentado en su escritorio, escribiendo un pergamino con una preciosa pluma de águila.
— ¡Hola, Órgahm!—exclamó el subprior, dejando la pluma en el tintero, y desviando la mirada del pergamino a Órgahm—. ¿Qué te trae por aquí? No te habrás vuelto a meter en líos, ¿verdad?
Órgahm sonrió. Al menos, aún quedaba alguien en el convento que se preocupaba por él.
—No, aún no he hecho nada malo—dijo Órgahm, entrando en la habitación y cerrando la puerta—Pero tengo un problema y necesito su consejo.
—Siéntate, por favor—le invitó Károl, y Órgahm se sentó frente al subprior en una vieja silla de madera—Y bien, ¿Cuál es el problema?
—Pronto llegará la hora de que tome los votos—explicó Órgahm, buscando las palabras necesarias para que el subprior lo comprendiera—Sé que es normal que a estas alturas, algunos jóvenes sientan dudas acerca de si deben o no convertirse en monjes, y también sé que muchos grandes seguidores del Creador tuvieron dudas sobre qué camino elegir en un momento temprano de su vida; pero lo cierto es que a mí no me atrae esa idea de tomar los votos, ponerme un hábito y vivir encerrado en el monasterio. Lo que yo quiero es ver el mundo y…
— ¿Quieres decir que no quieres ser monje?—atajó Károl, frunciendo el ceño.
—En efecto—contestó Órgahm.
Károl observó al muchacho, y después sus ojos negros volvieron a pasar al pergamino y resopló. Pasaron unos segundos eternos, y Órgahm esperaba que el subprior comenzase a gritarle, como hacía con muchos otros huérfanos del monasterio, pero Károl permaneció sereno y le sermoneó sin alterarse:
—En ocasiones, los jóvenes se distraen con cosas impuras y sin valor, y poco a poco olvidan que lo verdaderamente importante es servir al Creador. Eso es lo que te ocurre a ti, Órgahm. Deberías orar más y quitarte esos pájaros que tienes en la cabeza. Tienes espíritu para ser un gran monje de Éol, pero necesitas olvidar esos estúpidos pensamientos. ¿Queda claro?
—Sí, padre—afirmó Órgahm, humildemente.
Aunque la respuesta no convenció al muchacho, éste no añadió nada.
Semanas después, contra todo pronóstico, Órgahm tomó los votos y recibió un hábito. Fue nombrado monje, eterno servidor de Éol, ante la mirada de casi un centenar de personas. Durante la ceremonia, el muchacho permaneció muy distante, casi ausente, pero nadie lo notó.


De pie sobre una alta colina, Náhila observaba el monasterio de Jorge el Matadragones, el lugar donde se hallaba la persona de la que deseaba vengarse: Órgahm, el joven que había escapado de morir bajo el cuchillo de sacrificios de su antigua líder.
Habían transcurrido dos años desde que Náhila descubriese que poseía el don de la magia y marchase en busca de un maestro a tierras lejanas. La joven había cambiado mucho durante ese tiempo, y ya no exhibía su cabellera castaña oscura, sino una larga melena de color rubio platino en la que se apreciaban algunos mechones oscuros y no podía disimular sus cejas negras. También se apreciaba un importante cambio interior, ya que había madurado, y no sólo eso, sino que ahora era una maga consagrada y poseía mucho más poder.
Sus ojos, azules como zafiros, brillaban con más ira que antes. La venganza estaba cerca, y ella quería saborearla…
A sus espaldas, se extendía un pequeño ejército de unos cien hombres a caballo. Llevaban armaduras negras completas, incluyendo un yelmo que les ocultaba prácticamente toda la cara. En las largas lanzas portaban pendones con el emblema del rey Mordred, un águila negra sobre un fondo carmesí.
Uno de los caballeros descendió de su montura, un enorme caballo azabache, y avanzó hacia Náhila.
Se trataba de un hombre muy alto y fornido, portaba el cráneo de un pequeño animal engarzado a la altura del pecho, sobre la armadura negra, y su yelmo negro terminaba en dos cuernos muy semejantes a los pitones de un toro. El yelmo cubría gran parte de su cara, pero dejaba ver una boca de labios finos y una nariz recta; aunque también se podían observar a través de las ranuras del yelmo, unos ojos grises muy fríos. El caballero llevaba envainada una enorme espada totalmente teñida de negro, tanto el acero como la empuñadura.
Era la clase de hombre que intimidaba con sólo verlo.
—Brasdby—anunció el caballero, rodeando la cintura de Náhila con sus enormes brazos y besándola en el cuello, dulcemente—. ¿Por qué querías venir aquí? Los aldeanos de esta aldea siempre han permanecido neutrales, no merece la pena atacarlos…
El caballero tenía una voz fría, grave y desapasionada, de hecho arrastraba las palabras como si le molestara incluso decirlas; sin embargo, la voz de Náhila era mucho más arrogante.
—Aquí fue donde comenzó todo…—explicó Náhila, y señalando al bosque añadió—. Ésa era nuestra morada—después señaló al Monte del Aquelarre—, y allí entregábamos nuestros sacrificios al Oscuro—y por último señaló al monasterio—, y de allí es de donde vino el chico que destruyó mi antigua vida. Ahora ya debe haberse convertido en un monje de Éol. Órgahm se llama. No sabes cuánto le odio, Cerbero.
— ¿Ordeno a las tropas que rastreen el convento hasta encontrarlo, mi hermosa palomita?—preguntó el caballero, besando intensamente a la joven maga en la boca.
—No hagas nada, querido—ordenó Náhila, con su típico tono engreído, y añadió—: Esto es personal.
—Vas aprendiendo, querida—dijo Cerbero, y una sonrisa se iluminó en el rostro de la joven.

Última edición por Orco Escritor; 14-Jul-2010 a las 16:27
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Antiguo 05-Feb-2010, 23:15   #18
Eowyn
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Me han gustado mucho tanto los capítulos como el prólogo, espero que sigas colgando más
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Orco Escritor (06-Feb-2010)
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Me ha gustado mucho! Y me ha caído bien ese tal Cerbero.
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Orco Escritor (06-Feb-2010)
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Capítulo IV
Rompiendo los votos




Órgahm trataba de acoplarse a la vida de los monjes en el monasterio, pero aquello le superaba física y psicológicamente. Se levantaba muy temprano, apenas comía, ayudaba al sacristán Raymod, oraba junto a los demás monjes y se acostaba al anochecer.
El joven monje comenzaba a odiar el convento, y a veces se escabullía de los trabajos para contemplar la espada hecha pedazos del Matadragones, custodiada en una pequeña capilla situada junto a los jardines, y se pasaba las horas contemplando la belleza de su acero, aunque siempre le sorprendía algún monje y le daba una buena reprimenda.
Uno de esos días, Órgahm contemplaba absorto la reliquia cuando entonces, entró en la capilla una anciana menuda, muy delgada, de rasgos finos e intensos ojos azules.
—Hola, muchacho—saludó la anciana, amablemente—. Soy una vieja peregrina y he venido desde tierras lejanas para observar la belleza de la reliquia del héroe y cumplir una promesa…—señaló a los fragmentos de la reliquia, y preguntó—: ¿Es ésa la espada?
—Sí, señora—respondió Órgahm, educadamente—. Es la hoja con la que nuestro fundador mató a un dragón para liberar a una hermosa doncella…
—Me gustaría rezar junto a la espada un momento, a solas…—explicó la anciana—. ¿Puedo? Es por una promesa…
—Lo siento, señora…—respondió Órgahm, intentando buscar las palabras adecuadas para no herir los sentimientos de la mujer—. Pero es que eso está prohibido. Debo quedarme para vigilarla y comprobar que usted no sustrae ninguno de los fragmentos…
— ¿Acaso crees que yo soy una ladrona?—preguntó la anciana, algo ofendida.
— ¡No, señora, desde luego que no!—se disculpó Órgahm, intentando tratar a la mujer lo mejor posible—. Sólo lo hacemos por seguridad…
—Yo sólo trataba de cumplir la promesa que le hice hace dos años a mi marido en su lecho de muerte…—sollozó la anciana, con lágrimas en los ojos—. Pero da igual. Sólo era una promesa…
La anciana se disponía a abandonar la capilla, cuando entonces Órgahm la detuvo.
—No importa, señora—indicó Órgahm, amablemente—. Quédese aquí. La dejaré sola para que pueda rezar a gusto.
—Gracias, muchacho—dijo la anciana, secándose las lágrimas—. Que el Creador te bendiga.
Y dicho esto, la anciana se arrodilló frente al altar donde se encontraban los fragmentos de la espada del Matadragones.
Órgahm abandonó la capilla para que la anciana tuviera un poco de intimidad y se dirigió hacia uno de los jardines del monasterio. Allí, se sentó en uno de los bancos y comenzó a observar el precioso cielo azul, que tanta paz le transmitía. En ese preciso instante, entró en el jardín Fray Timothy, el tesorero del monasterio, y se sentó junto a Órgahm, cosa que extrañó mucho al joven, ya que el tesorero apenas le había dirigido una sola palabra a lo largo de catorce años.
— ¡Hola, Órgahm!—saludó el tesorero, dándole una palmadita al muchacho en la pierna.
—Hola, hermano Timothy—respondió Órgahm.
—Bonito día, ¿verdad?—preguntó Timothy, observando el firmamento.
—Sí, el cielo está totalmente despejado…—comenzó a decir Órgahm, pero justo en ese momento, un grupo de siete u ocho monjes entró en el jardín, por el pasillo del que había llegado Órgahm tras abandonar la capilla. Los religiosos formaron un círculo en torno a Órgahm y a Fray Timothy.
—Hola, hermanos—saludó Timothy, alegremente—. Bonito día, ¿verdad?
Pero los rostros de los monjes reflejaban la ira.
— ¿Qué ocurre?—se atrevió a preguntar Órgahm.
— ¡No te hagas el listo! ¡Lo sabes muy bien!—exclamó enfadado Fray Raymod, el sacristán—. ¡Un fragmento de la Espada de Jorge el Matadragones ha desaparecido y tú has sido el último en abandonar la capilla! ¡Dámelo ahora mismo, ladrón!
— ¡Ladrón!—corearon los demás monjes al unísono.
— ¡Eso es ridículo!—se defendió Órgahm—. ¡Yo no he robado nada! ¡Debe haber sido la vieja peregrina que vino hace un rato!
— ¡Mentiroso! ¡Ladrón!—gritaron los monjes.
En ese momento, irrumpieron en el jardín Fray Károl y el Prior Pedro. Ambos se mostraban muy serios, y se abrieron paso entre los monjes hasta llegar hasta Órgahm.
—Órgahm—dijo Károl, muy severo—. ¿Dónde está el fragmento de la Espada de San Jorge?
—No lo sé, lo juro, dejé a la anciana rezando en la capilla—respondió Órgahm, intimidado—. Debe haberlo robado ella…
—Hoy no ha venido nadie al monasterio—informó el Prior Pedro, fulminando a Órgahm con la mirada—. No nos mientas.
Antes de que el muchacho pudiese reaccionar, Raymod el sacristán metió la mano en uno de los bolsillos del hábito de Órgahm y sacó de su interior el fragmento de una espada de treinta centímetros.
— ¿Qué nos dices de esto?—se burló Raymod, y volviéndose hacia los demás monjes añadió—: ¡Es el fragmento de la Espada del Matadragones! ¡Él es el ladrón!
— ¡No sé cómo ha llegado hasta aquí!—exclamó Órgahm, nervioso—. ¡Yo no lo he cogido! ¡Soy inocente! ¡Alguien debe habérmelo metido ahí!
— ¡Tu voz es un veneno peor que el de las serpientes!—vociferó el Prior Pedro, con los ojos saliéndosele de las órbitas—. ¡Arderás en los Infiernos, ladrón!
— ¡Ladrón!—corearon los monjes.
— ¡Sois todos unos necios!—gritó Órgahm, poniéndose en pie—. ¿Para qué voy a robar una espada hecha pedazos? ¡Además, yo ni siquiera sé manejarla!
— ¡Sacrilegio!—gritaron los monjes, cómo si fueran unos verdaderos endemoniados.
Únicamente Károl permaneció en silencio, pero avanzó hacia Órgahm y lo derribó de una bofetada.
—No oses engañarnos—advirtió Károl, enfadado.
Fray Bernardo, el cocinero del monasterio, se dirigió hacia Órgahm y lo redujo, rodeándole con sus enormes brazos.
—Llevémosle ante el comisario de Brasdby—ordenó el Prior Pedro—. Y que sea juzgado como el ladrón que es.
Los monjes abandonaron el jardín, llevándose a Órgahm consigo, y allí únicamente quedó Fray Timothy, que esbozó una sonrisa llena de maldad y murmuró con una voz casi inaudible:
—Excelente, Náhila, excelente.
Pues había sido Náhila, la joven maga, quien bajo la apariencia de una anciana había penetrado en el monasterio, saltado la tapia, y posteriormente había introducido uno de los fragmentos de la espada en el bolsillo de Órgahm sin que éste se percatara de nada.


Órgahm fue llevado al cuartel de Brasdby y allí su caso fue expuesto ante un tribunal. El juicio se sucedió muy deprisa, y en tan sólo dos días, Órgahm fue condenado a muerte por haber tratado de robar los fragmentos de la espada. Le ahorcarían cuatro días después en la plaza del pueblo…
El muchacho fue conducido a una de las numerosas y lúgubres mazmorras del cuartel, y durante tres días, no probó otra cosa que agua y mendrugos de pan duro, y para colmo, debía dormir sobre el duro suelo de piedra.
El joven no lograba entender aquello. ¿Cómo habían podido aparecer los fragmentos de la espada en su bolsillo? Él no lo comprendía, pero en su interior algo le decía que la anciana de ojos azules era mucho más de lo que aparentaba ser.
Entonces, recibió una visita.
La puerta del calabozo se abrió momentáneamente para que entrara el mismísimo subprior Károl.
—Hola, padre—Saludó Órgahm, desganado.
El muchacho tenía un aspecto demasiado débil para llevar tan sólo tres días en el calabozo, exhibía unas enormes ojeras y su rostro se mostraba mucho más delgado. Károl no pudo evitar sentir cierta lástima por el joven.
—Hola, Órgahm—le saludó Károl, amablemente—. Me alegro de volver a verte… Siento mucho haberte dado esa bofetada….
—Padre, ¿qué ocurrirá conmigo cuando haya muerto?—Quiso saber Órgahm, preocupado—. ¿Adónde iré? ¿Al cielo o a los Infiernos?
Károl meditó la pregunta. Por regla general, tras su muerte, un joven monje como Órgahm acudiría de inmediato a las puertas del cielo; pero, ¿Y si ese monje era el ladrón de una reliquia? Károl estaba completamente seguro de que en ese caso, el alma del joven monje ardería en los Infiernos por toda la eternidad.
Y al razonar esto, el corazón de Károl se llenó de tristeza. Ante él se encontraba Órgahm, el niño al que encontrase en la puerta del monasterio hacía ya catorce años, y ahora convertido en todo un apuesto joven. Cierto era que en ocasiones, Órgahm quitó la fe a sus compañeros, llevando a tres de ellos a un bosque y poniéndoles en peligro de muerte; y también había tratado de robar los fragmentos de la espada de San Jorge. Pero a pesar de sus pecados, el joven no merecía aquel destino tan atroz como el que ofrecía el cadalso... Merecía vivir una buena vida lejos del monasterio, junto a una familia que lo quisiera.
—No vas a morir—le Prometió Károl dándole un fuerte abrazo—. Voy a sacarte de aquí. Lo juro.
Dicho esto, Károl llamó a los guardias que vigilaban la puerta y abandonó el calabozo sin decir nada más.
En un principio, Órgahm no entendió las últimas palabras que Károl le había dicho, pero pronto las comprendería a la perfección…


Esa noche, un acaudalado personaje vestido con el hábito marrón de los monjes de Éol entró en el cuartel de Brasdby. Su rostro quedaba oculto bajo una capucha parda, pero todos lo que se cruzaron con él esa noche comprendían que se trataba de un monje de alto rango. Únicamente había tenido que dejar caer una pequeña bolsa de monedas de oro sobre la mano del centinela nocturno de la entrada para que éste le dejase entrar.
El monje avanzó por las mazmorras del cuartel hasta llegar ante el calabozo donde habían retenido a Órgahm. Dos guardias vigilaban la puerta, uno a cada lado.
— ¡Alto! ¿Quién eres?—quiso saber uno de los guardianes.
El fraile se quitó la capucha y permaneció sereno frente a los dos centinelas.
Era el subprior Károl.
—Vengo a llevarme a este prisionero—anunció Károl, sin inmutarse, sacó de uno de sus bolsillos dos pequeñas bolsas llenas de monedas de oro y se las entregó a los centinelas—. ¿Qué me decís?
—Por mí, vale—dijo el guardia que le había dado el alto, guardando la bolsa en sus bolsillos.
—Pues por mí, no—contestó el otro guardia, irguiéndose todo lo posible frente al subprior y endureciendo su semblante—. Puedes darme todo el dinero que quieras, pero no por ello vas a impedir que no te delate. Si sales del cuartel con ese ladrón bastardo, iré a hablar con el prior Pedro y haré que le ahorquen a usted también…
El insolente guardia sonrió a Károl como si fuera tonto, convencido de que había hecho bien enfrentándose a aquel monje de alto rango.
—Hazlo—le provocó el subprior Károl, con la ira reflejada en sus ojos—. Y te juro que le contaré a toda Brasdby cómo robaste pan en el mercado hace un par de semanas. Tu cuerpo quedará muy bien colgado de un cadalso…
Károl esbozó una sonrisa. Aquella anécdota se la había contado el tesorero Timothy, y resultaba más que suficiente para que a aquel guardia lo ahorcasen, encarcelasen o cortasen las manos si llegaba a oídos del comisario.
—Maldito fraile…—murmuró el guardia, remangándose los brazos, dispuesto a pegarle un puñetazo a Károl. Su compañero lo detuvo, colocándose entre ambos, aunque el subprior ni siquiera se había inmutado por el insulto—. ¡Es normal que robe, mi familia se muere de hambre!
—Si se muere de hambre, ¿Por qué no tomas mi regalo?—preguntó Károl, con una sonrisa triunfal, y colocó una pequeña bolsa llena de monedas de oro en la mano del guardia, como la que le había dado al otro carcelero—. Con esto la alimentarás durante aproximadamente un mes, después puedes venir a mendigar al monasterio y te daremos más monedas gustosamente. Claro, te durará un mes si no te lo gastas en emborracharte…
—Está bien, puede llevarse al prisionero—se convenció el guardia, resignado, pero con la mirada llena de desprecio hacia Károl—. No diré nada, pero usted tampoco debe decir nada de mí.
—Ambos colgamos de la misma cuerda—señaló el subprior—. Y si se parte, ambos caemos.
El guardia asintió, comprendiendo al dilema que se enfrentaba, y con manos temblorosas, abrió la puerta del calabozo.
Károl entró en la celda con pasos largos, y divisó a Órgahm agazapado en un rincón.
—Subprior Károl…—exclamó Órgahm, al reconocerlo, se puso en pie de inmediato, y le preguntó—. ¿Qué hace usted aquí?
—He venido para sacarte de este lugar—contestó únicamente Károl.
Y una sonrisa se iluminó en el rostro de Órgahm.


El subprior y el muchacho penetraron en un oscuro callejón a toda prisa. Órgahm aún no podía creer que Károl quisiera sacarle de allí, y por primera vez en muchos meses, se sintió dichoso. Las calles se encontraban despejadas, y no vieron a nadie en ellas.
—Quítate el hábito, déjalo en el suelo y ponte esta ropa. Así al menos tendrás más posibilidades de pasar desapercibido—le pidió cortésmente Károl, y le tendió una camisa blanca, una chaqueta, unos pantalones marrones propios de un campesino y unas viejas alpargatas.
Órgahm tomó los atuendos, y Károl se dio la vuelta para darle al muchacho cierta intimidad para que pudiese vestirse. El chico se quitó el hábito de inmediato, lo tiró al suelo y comenzó a vestirse con la ropa que le había entregado el subprior.
—Sabes…—comentó Károl, con voz triste—. Pensé que tal vez tuvieses devoción por Éol y acabases convertido en subprior como yo, o quién sabe, tal vez en el obispo de alguna ciudad importante… Pero debí comprender que no estabas hecho para ser monje… Espero que algún día puedas perdonarme por haber tratado de arruinar tu vida; no fue mi intención obligarte a tomar los hábitos, todo fue por mi maldita ambición… Creí ver en ti a una especie de sucesor, porque créeme, cuando yo era joven, también tenía ese espíritu aventurero que te caracteriza…
—Padre, yo ya le he perdonado—respondió Órgahm, mientras se vestía a espaldas de Károl—. Además, usted ha hecho por mí más que nadie en este mundo, y siempre le recordaré. Ya puede darse la vuelta…
Károl observó a Órgahm de arriba abajo, y dijo con una sonrisa:
—Pareces un pueblerino…
Órgahm sonrió y se observó a sí mismo. El subprior estaba en lo cierto.
— ¿Dónde iré ahora?—preguntó Órgahm.
—A cualquier lugar que se halle lejos de Brasdby—explicó el subprior—. Pues créeme, los hombres del comisario no cesarán en buscarte durante al menos la primera semana. Después se cansarán y volverán a sus casas, espero... Si yo fuera tú, buscaría a una persona que me instruyera en un buen oficio y me acogiera en su casa, y después me pondría a trabajar para poder comprar una vivienda propia.
—Bueno, en ese caso, es hora de que me vaya—admitió Órgahm.
— ¡Espera! Antes tengo que decirte una cosa—recordó Károl, con nerviosismo—. Cuando te encontré a las puertas del monasterio hace catorce años, tu padre te dejó esto antes de marcharse—El monje metió la mano en uno de los bolsillos de su hábito, sacó de él una gema de color cristalino y se la entregó a Órgahm—. No soy muy entendido en lo que a piedras preciosas se refiere, pero es la primera vez que veo o oigo hablar de una joya de este tipo; y no creo que existan muchas más como ésta. Creo que es mágica, pero no soy mago y nunca me ha gustado la magia, de modo que no lo sé con seguridad… Pero creo que tu padre sí lo era.
—¿Conociste a mi padre?—preguntó Órgahm, entusiasmado.
—No personalmente, pero sí que pude verle—respondió Károl, evocando en su mente aquella escena—. Era un hombre muy alto, vestía una pobre túnica parda, tenía una poblada barba marrón y unos ojos dorados muy imponentes. Parecía un buen hombre, aunque extraño… Tal vez alguien sepa quién es o era este hombre, y entonces podrías saber quién era. Deberías buscarle.
—Aunque alguna vez lo encuentre, no podrá borrar lo que has sido para mí todos estos años…—dijo Órgahm—. Padre, amigo, maestro, superior… Da igual en la categoría en que te nombre, porque siempre estuviste ahí para ayudarme.
—Cuídate mucho, el mundo es más peligroso de lo que crees—pidió Károl, con el rostro surcado de lágrimas, y abrazó fuertemente al muchacho—. Adiós, hijo mío. Rezaré por ti todos los días de mi vida.


A escasos kilómetros de Brasdby, Náhila y el Caballero Negro Cerbero observaban a caballo la aldea desde la entrada al bosque, lugar donde las tropas de Cerbero habían montado el campamento.
Permanecerían en el pueblo hasta la tarde del día siguiente, pues Náhila quería tener la satisfacción de contemplar cómo ahorcaban a Órgahm. La joven maga estaba sencillamente radiante aquella noche, y cada dos por tres, dirigía a su amante Cerbero una pícara sonrisa que demostraba lo feliz que se sentía.
Por fin quedarían vengadas las muertes de sus compañeras.
En ese momento, la pareja divisó a lo lejos a un hombre joven que parecía ser un campesino y que corría precipitadamente hacia el este, en dirección a Clecurz, la aldea más cercana.
— ¿Qué le habrá pasado?—quiso saber Náhila.
—Probablemente ha perdido alguna oveja y va a buscarla—aventuró Cerbero, quitándole importancia—. Aunque podríamos ir tras él y conseguir que nos lo contase…a mi manera. Ya sabes a lo que refiero...—esbozando una sonrisa en aquel rostro casi oculto bajo el yelmo, e hizo crujir sus muñecas de un modo un tanto intimidatorio.
—Tortura y asesinato—atajó Náhila, que junto al caballero había participado en varias cacerías donde las piezas no eran animales, sino personas; y conocía perfectamente la crueldad de Cebero, aunque cada día lo amaba más, precisamente por ello—. Pero no, hoy no. Hoy no vamos a matar a nadie—una sonrisa recorrió los labios de Náhila, y añadió con una pícara sonrisa—: Esta noche es demasiado bonita para echarla a perder. Espérame en la tienda, no tardaré…—Cerbero asintió y se alejó cabalgando hacia su campamento.
Náhila observó cómo se alejaba el campesino al que no había dejado que Cerbero matase, hasta que por fin, el hombre se perdió en la lejanía. No había ninguna razón para aquella muestra de piedad de Náhila, ya que únicamente lo había hecho porque sabía que en unas horas, contemplaría el ahorcamiento del muchacho que más odiaba en el mundo, y aquello saciaba con creces su sed de venganza.
Claro que otro gallo habría cantado si la joven hubiera sabido que el campesino al que había dejado escapar no era otro que su enemigo Órgahm.

Última edición por Orco Escritor; 15-Jul-2010 a las 17:02
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