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Tema: Recuerdos del Cazador

  1. #11
    Guerrero honorable Avatar de Vaarnelke
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    21 feb, 11
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    El texto que debería seguir es el largo poema Ivone ol Vaarnelke (La Dama y el Cazador), que todavía estoy corrigiendo.

    Dejo, por ahora, un texto breve, y luego traeré algo más "sustancial":

    ----------------

    Aetel
    (Ayer)


    Aetel, aetel oneleser ol rolveser tava ereno eenar elervelf telkelf, orvelke naamen ol raonon, vadelordenf ol televkenf, olfenen parnoko ‘l iolen ol tilven.
    Aetel rolveker vare vaadirvel ereno eenar ne arvaler tilpake, kevel aet aenlo ene naaler, vatie vaaten kaanke silenf, nurete aenlo invel aetelene.
    Aetel rolveser talieva, ol turle rolveser taalpe ol inve. Aenlo rolver vele inve ol taalpe, ol talieva varel ereno vele, varel ereno aet aneven, varel ereno aet oertaren, varel ereno aet narolen leveme nol in varlom.
    Ivor rolner eveke varenf aet vinen par or uro, aetelen ereno aet vinen par or vaarake. Tor rolver tinten esel rolne laelke aetele, esel mor laelte aenlo varer aetelene rel?
    Tar roltelv, nalel, asvel aet taelkef vae tar raantelv urnem.

    (Kevel vaate olervem veke kaanteser nalelf rel, ol nome rolneser aed mar tesler ol mar ider.)


    Ayer, ayer sucedió y fue una vez hace muchos años, teñido de gris y rojo, de costas y bosques, de arco tensado y dicha y alegría.
    Ayer será el recuerdo de una brisa hace ya tanto tiempo perdida, pero que hoy todavía regresa, mar de viento cargado de cuchillos, abriendo hoy el dolor de ayer.
    Ayer fue la felicidad, y luego fue la pérdida y el dolor. Hoy es sólo el dolor y la pérdida, y la felicidad un recuerdo solamente, un recuerdo que invoco, un recuerdo que lloro, un recuerdo que arrastro por esta nueva innominada tierra.
    Prisionero he quedado de recuerdos que me niego a olvidar, de un ayer que me niego a sepultar. ¿Es mía acaso la culpa por haber amado ayer, por seguir amando hoy al recuerdo de ese ayer?
    Perdeos, palabras, para que vosotras sí caigáis en el olvido.

    (Pero el viento en cada hoja recogió esas palabras, y así hubo quien las oyera y entendiera.)
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  2. #12
    Brujo Avatar de Dunyaino
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    Me encanta esto ultimo, ignoro porque motivo, pero me hace pensar (o mejor dicho, sentir) en la Patagonia, en las tierras australes, en la inmensidad e invariabilidad de la estepa y las montañas, indiferentes y ajenas a nosotros, a nuestras felicidades, sufrimientos, y olvidos.

    Esta buenísimo, saludos, y sigue escribiendo!
    ↑ Todo lo que menciono aquí arriba es obviamente opinión mía :D ↑

  3. #13
    Guerrero honorable Avatar de Vaarnelke
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    21 feb, 11
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    Gracias por comentar. El texto es realmente muy viejo, así que ignoro cuál fue el detonante. Pero surgió así, de un tirón, y prácticamente no modifiqué nada.

    Dejo un nuevo texto, que va después de Las puertas, y que explica (espero) y cierra unas cuantas cosas.

    ---------------
    Palabras

    - Podrías tenerlo todo, Gehena, todo – le decía inútilmente Taro al Cazador en ese momento.
    - Lo sé, amigo mío, lo sé – contestó éste con su calma habitual, los labios resecos.

    Se encontraban en un bar en la más lejana de las ciudades de los Aram, poco después de la muerte de Orrake, del fin de la guerra. Las heridas de Vaarnelke habían sanado ya, y volvía a llevar las ropas típicas de su pueblo, confeccionadas esta vez por el agradecido pueblo que había liberado, la nación a la que había devuelto aquello que, para él, estaba entre lo más importante: la libertad. El arco y el cuchillo que llevaba eran nuevos también: el primero de la recia madera de un árbol desconocido fabricado, y el segundo de un diente de Orrake elaborado.
    Taro contrastaba fuertemente con el Cazador: era mucho más bajo que él, de rasgos infinitamente más suaves. Tenían en común, eso sí, el color de la piel (blanco apagado), pero el Aram tenía los ojos amarillos y los cortos cabellos rojos como el fuego. Vestía ropas más elaboradas, e iba calzado con altas botas.

    - Entonces, ¿por qué no quieres ser nuestro rey? – preguntó Taro, tan sutil como siempre.
    - No pretendo que entiendas mis razones – dijo Vaarnelke mientras mezclaba agua y jugo de frutas de dos jarras en un vaso de cerámica decorado con complejos motivos geométricos.
    - Las cuales son….
    - Dos años – el Cazador terminó de beber -. Dos años – levantó la vista del vaso; sus ojos brillaban, quizás de rabia, y hablaba con una calma resignada. – Dos años – repitió todavía una vez más, elevando el tono de voz – llevo con vosotros, y todavía no me conocéis.
    - Eres muy diferente a nosotros, Gehena.
    - Quizás, Taro, quizás – contestó el Cazador distraídamente, encogiéndose de hombros -. Pero yo no nací para vivir en un palacio, sino para la eterna soledad de los caminos. No olvides que ereno erele tavelen aen rolven, es decir, que soy un hijo de la soledad.
    - Puede que nunca nos entendamos, Cazador – Taro dijo esto con pesar.
    - Es posible.
    - Pero….
    - ¿Pero qué? No puedo quedarme, Taro, realmente no puedo – y su tono reflejaba levemente su dolor -. Realmente necesito viajar y ver tierras sin nombre. Y no sólo no puedo, sino que no quiero aceptar semejante responsabilidad. No podría vivir con la carga de miles de vidas sobre mis hombros. Ya demasiados confiaron en mí en la guerra, y de ellos sólo quedas tú. Kara, Gahen, Vene… – suspiró con pesar – todos ellos murieron, y fue mi culpa. Un rey debe ser capaz, igual que un guerrero, de tomar grandes y adecuadas decisiones en poco tiempo. Yo soy como los míos, demasiado lento y reflexivo para vosotros.
    - Pero….
    - ¿Qué ahora? En estos dos años de guerra, en los que vosotros me usasteis como arma, como instrumento de una profecía, viví sólo para vosotros. Quiero ser libre, Taro, libre. Si realmente eres mi amigo, deja que me vaya, y no hagas más doloroso el adiós.
    - Aunque no quiero que me malinterpretes, amigo mío, - añadió poco después -. Hubo, entre tanta sangre y dolor, cosas buenas: relatos junto al fuego, tierras que no tenían nombre para mí, ciudades y ruinas extrañas – suspiró -. Muchos buenos recuerdos, Taro, varef kerf tulvef... – repitió en su lengua.
    - Sigo creyendo que podrías quedarte, Gehena – dijo el Aram con insistencia -. Podrías escuchar todavía muchos relatos, amar a muchas de nuestras mujeres…
    - ¿Mujeres? – el Cazador parecía haber perdido la paciencia - ¿Sabes acaso lo que le sucedió a la única mujer que amé? Ella, que era muy valiente, se quitó la vida frente a mis ojos, con mi propia espada, y yo no pude hacer nada para evitarlo. Y hay más todavía: ella era de una raza distinta a la mía, y por el amor que hubo entre nosotros se perdió mi pueblo y mi patria, la sangre manó como ríos, el fuego consumió sus bosques….
    - Lo siento mucho, Gehena. – Taro estaba realmente apenado.
    - ¿Qué importancia tiene ahora? Todo fue mi culpa. Esa es mi carga, que prefiero arrastrar solo – Vaarnelke estaba lleno de dolor, y había lágrimas en su rostro, trastocado por violentas emociones -. Adiós, Taro.

    Se levantó bruscamente y salió de la posada a grandes pasos. Estaba fuertemente turbado, y las manos le temblaban. Trató de calmarse con el frío aire de la noche, y salió de la ciudad sin que nadie lo viera. Ya nunca volvería a ver a Taro o a visitar las ciudades de los Aram, del mismo modo, que ya nunca amaría a otra mujer.
    Lo único que lo acompañaría siempre sería el deseo de conocer nuevas tierras, y la terrible angustia, que crecía año tras año, de haber causado la ruina de su propio pueblo, de haber destruido todo lo que él había amado.

    - Adiós, Gehena – dijo Taro, aunque ya estaba solo -. Bebo para que encuentres la paz, extraño amigo mío – terminó su trago, pagó y salió del mesón.

    Ese Aram era a quien el Cazador había encontrado tras seguir las instrucciones de Vaate. En esos días era un ermitaño, y había enseñado a Vaarnelke (o Gehena, como él lo llamó) su lengua y las costumbres de su pueblo. Luego, junto a él, había incitado a su pueblo a recordar viejas profecías, ayudado a buscar la espada en la nieve, y luchado a su lado en la larga y sangrienta guerra contra los Hijos de la Oscuridad.
    Dolorido él también por la brusca despedida, volvió a su pequeña casa en la ciudad, donde le esperaba una mujer tierna y delicada, que en su vientre llevaba a sus dos primeros hijos.

    Lo que nunca le había revelado Taro al Cazador era cómo o por qué habían venido los Hijos de la Oscuridad.
    Tampoco le había dicho – aunque Vaarnelke siempre lo había sospechado – que había engañado a su pueblo, de memoria débil, con falsas profecías, para que así lo aceptaran y creyeran en un héroe, en un salvador.

    --------
    Pronto más.

  4. #14
    Ilusionista Avatar de Edea
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    Me ha encantado tu estilo. Las descripciones son evocadoras y dejas al lector con ganas de más. Sigue así, porfi.

  5. #15
    Diablo Avatar de ElPerroVerde
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    05 ago, 10
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    Alguien lo ha dicho por ahí y estoy completamente de acuerdo. Tu estilo recuerda a Tolkien, pero más ligero (siempre he pensado que Tolkien puede llegar a ser demasiado denso), con lo que la lectura se hace más fluida. Todavía no he terminado de leerlo, pero cuando lo haga intentaré dejarte una opinión con más sustancia.
    "Sonrió comprensivamente, mucho más que comprensivamente. Era una de esas raras sonrisas, con una calidad de eterna confianza, de esas que no se encuentran más que cuatro o cinco veces."

  6. #16
    Guerrero honorable Avatar de Vaarnelke
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    21 feb, 11
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    Gracias a los dos por comentar.

    "Terminar de leerlo" es... complicado, porque está lejos del fin, y los relatos van y vienen.

    Dejo uno más, que "continúa" al anterior (el próximo tardará un poco, probablemente):

    -----------

    Hielo

    Vaarnelke, el Cazador, estaba agitado, en parte por la larga cacería en que participaba, en parte por la delicada belleza de aquel lugar, tan diferente a los de su tan extrañado hogar.
    Sin embargo, la prisa y el éxtasis todo de la persecución lo consumían ahora, apagando sus recuerdos, encendiendo sus instintos, aunque eso no evitó que aligerara el paso y se detuviera unos breves instantes.
    Frotándose un poco de nieve por el cuerpo dolorido, contempló el paisaje: había una división sutil, mágica, casi imperceptible entre la nevada colina en la que se encontraba y el frondoso bosque que crecía a sus pies.
    Poco más vio, pues la prisa lo obligaba a avanzar, por un lado, y la luz del día se reflejaba en las decenas de millares de hojas del bosque escarchado, hiriéndole los ojos azules, por el otro.
    Rápida aunque cautelosamente descendió el Cazador, hasta que llegó al borde mismo del bosque de hielo.
    Una sensación de profundo pesar lo embargó cuando comenzó a caminar bajo sus sombras, unas sombras terriblemente negras y frías, que contrastaban violenta y dolorosamente con la luz que se filtraba por entre el hielo que, como un delicado manto, cubría toda la arboleda.
    No era el frío terrible o la ominosa oscuridad, sin embargo, lo que mermaba el ánimo de Vaarnelke, sino el terrible silencio – no había viento en aquel lugar, ni tampoco el canto o el sonido de ave o bestia alguna.
    Apoyó la siniestra en el tronco de un árbol completamente helado (hojas incluidas) , pero la retiró inmediatamente, en una muda mueca de dolor. El hielo le había hecho un corte terrible en la mano, que no paraba de sangrar.
    Se vendó como pudo la herida y siguió andando. La nieve parecía negra bajo las umbrías sombras, y negros eran los troncos de los árboles congelados, cubiertos de fina escarcha, y negras también sus ramas, que parecían largos y nudosos brazos y dedos dispuestos a esconder la luz del día. De un rojo demasiado deslucido ya eran las hojas, terriblemente pálidas, largas y punzantes, como miles de dientes inmóviles y silenciosos en bocas dispuestas a tragarse toda luz, a vomitar de ellas sólo oscuridad.
    A pesar de todo Vaarnelke avanzó, con la mano doliéndole intensamente, con los ojos semicerrados ante el brillante bosque, demasiado ataviado de tinieblas, y la otra mano apretando el pesado manto blanco.
    Y cuanto más andaba por las entrañas de ese peculiar monstruo, más grande se volvía el temor del Cazador, que se llevó la mano herida a la empuñadura de su cuchillo cargado de runas.
    - Algo, evidentemente – pensaba Vaarnelke –, debe de haber causado esto. Muchas frías estaciones he visto pasar, pero nunca una tan fría u ominosa.
    Vio entonces un amasijo de hielo y escarcha, y vio en él una forma demasiado singular, demasiado particular, demasiado específica, y el miedo le ganó por unos momentos. La forma en el hielo era la de un pájaro, y era la forma un pájaro congelado, efectivamente.
    - Aarse – dijo en voz muy baja el Cazador -, tú nunca harías algo así. Son el hielo, la nieve y la escarcha tus símbolos, pero tú no matas así, no congelas a un ave cuando canta… No, aquí obra otro poder, que no es el tuyo.
    Luchó contra el miedo, invocó contra él toda su fuerza de voluntad, pero había en aquel terrible bosque helado algo que escapaba a su comprensión, algo que podría aparecer y convertirlo a él también en una figura de hielo.
    Con el cuchillo en el puño cerrado de la mano herida, Vaarnelke comenzó a rezar, tratando de alejar las terribles y heladas sombras que lo rodeaban:
    - Raave, raavel ol vaarel atalnen ol reven, arvalem nolomo aarsoltenf aarsef aen, alkele ‘rele lor, dalvan rael ol keelo ler, dalvan parel aet rolver raave, aet rolver ael, ol tore aet torelel ol rolnel vaarke teo. Raave, inelve ol vaarele anielenef, erene 'relef lorf eroenvenf akarar esel atarlel lore. Tar-naarvel nom aer, aet rolven aen, ovelf voref, tar-vaaral parele aet pernen tel. Raave…

    (Raave, fuego y dador de luz y vida, en esta hora de frías sombras yo, nómada hijo tuyo, busco tu calor y protección, busco la fuerza que es el fuego, que eres tú, y el poder que tienes y nos has dado. Raave, padre y señor de los dones, uno de tus errabundos hijos clama por tu ayuda. Pon sobre él, que soy yo, tus manos, dame la fuerza que tanto necesito. Raave…)

    Entonces el bosque cesó de repente, y el Cazador se tapó los ojos con la siniestra, apretando el cuchillo todavía. El brillo de la nieve bajo la luz de Elte, la Estrella, era demasiado intenso, y tuvo que buscar, con los ojos cerrados, entre sus cosas un fino trozo de tela, un rojo pañuelo que había sido el regalo por un viejo favor.
    Se vendó entonces los ojos, y a través de ese fino velo carmesí vio ahora que el valle desnudo se extendía un poco más, y luego una vez más las colinas que rodeaban aquel temible lugar, que lo sacarían finalmente de allí.
    Pero a través del velo vio también muchas bellas figuras congeladas, ataviadas a la manera de los Lāram, un pueblo que había conocido recientemente. Horribles eran las expresiones de dolor y terror en sus rostros helados, y terribles las agudas… ¿lanzas? de hielo que los habían atravesado y congelado, ignorando los recios escudos, las pesadas ropas de hierro. Brillaban de una forma demasiado hermosa, y Vaarnelke quiso apartar de allí la mirada, pero una de las figuras, que era toda ella de finísima escarcha, comenzó a moverse. No se parecía en nada a los guerreros, y tenía un cuerno negro en la frente.
    Dos flechas del Cazador la golpearon en el pecho, pero siguió andando hacia Vaarnelke, el rostro sin ojos vuelto hacia él. En las manos llevaba esas peculiares… ¿armas? de hielo que habían matado a los soldados.
    El Cazador, sabiendo que le sería imposible vencer, huyó hacia las colinas, esquivando con desesperada agilidad las agudas… ¿jabalinas? que la criatura le arrojaba.
    Cuando llegó a lo alto de una colina, nervioso y sumamente agitado, vio que el ser lo miraba: mil rostros y ninguna facción tenía, y el terror heló a Vaarnelke.
    Sin embargo, de otra colina surgió otra bestia, el monstruoso animal que llevaba ya diez días persiguiendo al Cazador.
    Mil pensamientos cruzaron entonces la mente de Vaarnelke, que era, como había sido alguna otra vez, cuatro décadas atrás, la presa. Pero el peligro era mucho mayor ahora. El animal, enorme y de blanco pelaje, con ojos amarillos y dos grandes cuernos pálidos, era muchísimo más poderoso que aquél que le había dado su nombre al Cazador.
    El ser de hielo vio como su presa echaba a correr, desesperada, y tras ella un enorme animal. Con lentitud, volvió a su bosque, a su reino de hielo, y allí se quedó, esperando.

  7. #17
    Guerrero honorable Avatar de Vaarnelke
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    21 feb, 11
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    Predeterminado

    Tanto, tanto tiempo....

    Dejo el siguiente relato y reordeno el índice.

    -------------------------

    Televke nerve rolven vare 'reno varen
    (Todo bosque es el recuerdo de un recuerdo)

    “Televke nerve rolven vare ‘reno varen.” [1]
    En esas palabras meditaba un herido Cazador, sumido en recuerdos de tiempos lejanos, en bosques y risas y lágrimas e infinitos recuerdos, alegres y dolorosos al mismo tiempo, hasta que oyó un ruido peculiar que venía del bosque.
    Se encontraba en un frío claro, un hueco en una vasta arboleda, junto a un fuego. Envolvía su figura con un manto sucio y raído. La túnica que llevaba estaba manchada de sangre y barro, y rasgada en varias partes. Su cuerpo, blanco y delgado, tenía muchas heridas recientes, y estaba cubierto de sangre. Jirones de su túnica hacían de vendas sobre cortes que todavía dejaban escapar su sangre azulada, y llevaba un fino pañuelo rojo en el cuello. Su rostro, oculto por la capucha, sucio, ojeroso y ensangrentado, revelaba un agotamiento y un dolor extremos. Incluso sus verdes cabellos estaban sueltos, y los mechones se habían enredado y pegado con la sangre que había perdido.
    Era un día gris, de un frío cruel y cortante, en un bosque cubierto de nieve, sucia y teñida de azul por la sangre, por una batalla que había sido terrible.

    - No soy aquél a quien buscáis, señor – dijo Vaarnelke con dificultad, cuando el ruido acercó lo suficiente al claro.
    - Me creía el mejor de todos los rastreadores – dijo una figura, saliendo del bosque, entrando en el claro, por detrás del Cazador. Llevaba la espada desenvainada y…
    - No hace falta que me matéis, señor – Vaarnelke todavía no se había movido - . Soy un simple cazador, y aquí, donde la blanca nieve se tiñó de azul, tuvo lugar el fin de mi cacería. Relajaos, guardad la espada, y sentaros junto al fuego.
    - Sea. – La figura envainó y se sentó sobre un tronco, frente al Cazador, con la mano sobre la brillante empuñadura de su hierro.
    Era un Lāram, un miembro del pueblo más numeroso de aquella región. De complexión robusta y piel de un azul apagado, en su cabeza un tanto animálica destacaban unos ojos anchos, vagamente rasgados, ojos que tenían iris y pupila, no como los de los Arkun, que eran de un único e indistinto color. El cráneo se alargaba mucho hacia atrás, curvándose hacia abajo. Los cabellos eran negros, y parecían muy cuidados para alguien que andaba por tierras salvajes, divididos en una multitud de finas trenzas, adornadas de plata. Las orejas eran largas y caían hacia atrás también. La nariz era pequeña en el rostro corto y la boca no muy amplia. Vestía como un guerrero, aunque con cierto lujo, gruesas pieles y duro hierro.
    - ¿Cómo va la caza? – preguntó el desconocido tras un breve silencio, en el que no había hecho más que mirar a Vaarnelke.
    - Larga y agónica – contestó éste -. Doce días con sus noches duró, hasta que, agotadas ya las fuerzas de ambos, di muerte aquí a mi terrible perseguidor. Entonces di gracias a la Cazadora[2], y me quedé aquí, descansando. Llevo así ya dos días enteros, y…
    - ¿Y qué fue lo que cazasteis?
    - No sé si tenía nombre. Yo no le di ninguno. Era un animal blanco y muy grande, con ojos amarillos y cuernos.
    - Es difícil creeros, señor.
    - No tenéis que creerme si no queréis. Pero – el Cazador, con voz cansada, señaló un lugar en el bosque – allí está su cadáver, del que extraje la ofrenda y el sustento que necesitaba. Dejé el resto para los demás habitantes del bosque.
    El Lāram se levantó y fue al lugar señalado por Vaarnelke. Se veían en la nieve y en la tierra, en los arbustos aplastados, las marcas de alguien arrastrando algo muy grande y pesado. Cuando volvió, su rostro mostraba una inmensa sorpresa.
    - Os pido perdón, señor – dijo haciendo una elegante y florida reverencia -. Soy Vārak, señor de estas tierras. Mi hogar está a tres días de viaje hacia el Este. Realmente os habéis ganado mi respeto, pues habéis matado a un monstruo que era una leyenda para los míos.
    El Cazador, que desconocía formulas de cortesía tan complejas, se echó hacia atrás la capucha y contestó:
    - Mi nombre no os diría nada, pero para vuestro pueblo soy Grā[3]-. Soy un cazador, un vagabundo, y pertenezco a la raza de los Arkun.
    - Debéis de venir de muy lejos, señor – dijo Vārak, sentándose de nuevo -, pues nunca antes había oído de un pueblo como el vuestro.
    - Mi patria se perdió, y renuncié a tener otra, hace ya poco más de tres veces diez años. Desde entonces he vagado por todo el mundo.
    - Lo siento.
    - ¿Qué importancia tiene? – el rostro de Vaarnelke se ensombreció por un momento, las palabras le salían con dificultad -. Lo importante ahora es que os ayudaré en vuestra búsqueda.
    - ¿Cómo…?
    - Ya en mi tierra natal era el mejor en mi oficio, y llevo toda mi vida vagando por bosques y llanuras. Puedo decir sin temor a equivocarme que esos son avíos para la guerra, no para la caza. Lleváis además una espada, y no una lanza, arco o flechas. Por eso sé que buscáis a alguien, y no a algo.
    - Razón tenéis, señor – contestó el Lāram -. ¿Pero por qué queréis ayudarme? Apenas me conocéis, señor, y nada sabéis del peligro al que me enfrento.
    - Por honrar una vieja costumbre, y por ayudar a un hermano cazador.
    - Sea – dijo tras un momento Vārak. La ayuda no le vendría mal, después de todo -. Si habéis cazado semejante bestia, seguramente podréis ayudarme a buscar a mi… ¿Señor, os encontráis bien?
    Pero el Cazador, agotado por el esfuerzo de tantos días, por el frío, el hambre y el sueño, había perdido el conocimiento tras levantarse.

    Notas:
    [1] "Todo bosque es el recuerdo de un recuerdo"
    [2] Nurla, diosa de la sangre y la caza.
    [3] "Cazador"
    A Dunyaino y Juanfran les gusta este post.

  8. #18
    Mago mercenario Avatar de pabcn
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    21 dic, 12
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    En la luna (la de Jacinto Vera no)
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    Buenas, no tengo demasiado leído todavía (los dos primeros textos solamente) pero me gusta mucho tu personaje y hacia donde va.

    Me gustaría darte como lector 2 apreciaciones solamente:
    1- Cuidado al darle la misma cualidad a un paisaje, porque puede volverse reiterativo, esta acotación viene por el pasaje en el que el cazador llega a los lagos y caracterizas a las cosas individualmente como oscuras, un recurso sería por ejemplo identificar al paisaje como oscuro y usar los sentimientos del personaje al verlo para afianzar el concepto: "todo era oscuro, el agua transmitía una soledad inquebrantable, los árboles lo rodeaban con una mirada lúgubre y sus hojas brindaban un panorama que muchos considerarían para nada acogedor (...)".
    2- Si estos relatos son parte de una novela, yo intentaría en tu lugar buscar alguna forma más espaciada y sutil de explicar la "mitología" de tu mundo y las características del mismo... Me deja un poco la sensación de que en algunos pasajes queda algo contado sin justificación aparente y que parece muy trascendente.

    De todas formas eso no quita mis ganas de felicitarte por un gran trabajo, en líneas generales me gusta tu forma de escribir.

  9. #19
    Guerrero honorable Avatar de Vaarnelke
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    21 feb, 11
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    Gracias por comentar.

    En cuanto a la repetición, es una manía, digamos. Es un recurso que me gusta mucho, pero revisaré los textos para aligerarlos un poco, en cuanto pueda.

    Relativo a las explicaciones, todo tiene sentido y es coherente, aunque hay cosas que sólo se explican más adelante, o se entienden tras leer otro relato (por ejemplo, en la parte II, recién el último texto explica y unifica a los anteriores).

    En todo caso, si algo no te queda claro, o la referencia es demasiado oscura, podés consultarme. Aunque quiero creer que cobra sentido a medida que avanza, pero no estoy seguro.

    Sobre el formato, ignoro cómo acabará todo. De momento es una colección de textos (relatos, poemas en prosa y en verso...) unidos por tener siempre al mismo protagonista.

    Dejo también el siguiente relato. Quedan 2 más para cerrar la parte III (todavía sin escribir, aunque tengo las ideas bastante claras ya).

    -------------------

    La sangre no se niega



    Con dolorosa intensidad Vaarnelke, el Cazador, sentía todo lo que había a su alrededor. Sentía su cuerpo, agotado por descansos demasiado breves, esfuerzos demasiado intensos. Sentía los párpados pesados por la falta de reposo, intuía las profundas ojeras bajo sus ojos azules, resaltando oscuras sobre su piel de nieve. Sentía el dolor de múltiples pequeñas heridas que lo sangraban, que empapaban sus ropas extrañas. Sentía la humedad del ambiente, el fresco rocío de la hierba en sus pies desnudos, el viento ligero, muy ligero, el frío en el derruido muro de piedra negra que había detrás de él, y adivinaba las laberínticas ruinas, a medias consumidas por el bosque, que se extendían detrás del muro. Sentía también el tenue perfume de los cabellos de la muchacha a la que protegía, y la frialdad y el miedo en su piel. Miedo que él también sentía, mezclado con sangre y sudor.
    No sentía miedo en los diez guerreros que lo tenían acorralado. Sí sentía su confianza, el orgullo propio de quienes eran profesionales en su tarea. Vestían ropas rojas y verdes, colores de una librea que Vaarnelke ignoraba. Bajo las ropas se cubrían de negro hierro, y de hierro eran también sus largas espadas, las puntas de sus lanzas, el borde de sus escudos y los altos yelmos empenachados que ensombrecían sus rostros, ocultando toda emoción.
    No había forma de huir. El muro era demasiado alto y resbaladizo como para intentar treparlo y refugiarse en las ruinas. No podían escapar hacia los costados, buscando una grieta o derrumbe en la larga muralla; los soldados podrían rodearlos con demasiada facilidad. Cargar contra ellos sería suicida, pero algo había que hacer. Algo, lo que fuera, o pronto sería demasiado tarde.
    El Cazador se pasó la lengua por los labios resecos. Tenía sed, mucha sed, y se sentía muy débil. Tensó su arco, sintiendo como una de sus heridas, apenas cerrada, volvía a abrirse. Apretó los dientes y disparó la única flecha que le quedaba, matando a uno de los soldados. Se llevó la diestra al brazo que sangraba.
    - Sólo quedan nueve – dijo con una sonrisa frágil, falta de esperanza -. Sólo quedan nueve – repitió en voz más baja.
    Suspiró y arrojó su arco al suelo. Era un arma hermosa, aunque apenas un recuerdo de su primer arco, perdido en largas soledades de hielo, cuando buscaba el destino de un pueblo que no era el suyo. Tomó en la diestra, alejada ya de la herida que manaba, su cuchillo, elaborado a partir de un diente de Orrake, el más grande de los Demonios. Luego dijo, despacio, casi sin fuerzas, en su lengua natal:
    - Irlom ol rakem[1].
    Entonces atacó.



    - No sabía que sabíais luchar así – dijo la muchacha.
    Era de noche, una noche sumamente oscura y fría a orillas de un pequeño lago entre las negras ruinas, rodeado de árboles altos y oscuros.
    Vaarnelke la oyó, pero prefirió no contestar y seguir vendando sus heridas, calentando su cuerpo mojado junto al fuego. Tenía hambre, pero le faltaban fuerzas, flechas para cazar. Había intentado pescar, pero le faltaba luz y estaba cansado, agotado, consumido por tantos días y noches de continuo esfuerzo.
    - ¿Grā?
    El Cazador volvió el rostro hacia ella. Grā era su nombre en la lengua de los Lāram, la raza que habitaba esas tierras. La miró a los ojos, unos ojos notablemente expresivos, sumamente diferentes a los de él. Después de todo, los ojos de los Arkun eran siempre de un único color, y brillaban con mayor o menor intensidad acordes a su edad, pero los Lāram tenían escleróticas vagamente amarillas, así como negras pupilas y, en el caso de Lāra, la muchacha, iris azules.
    - ¿Estás bien, Grā? – la joven parecía genuinamente preocupada.
    - Viviré, Lāra, viviré – y una vez más esbozó en su rostro su sonrisa siempre triste.
    - ¿Quieres que…?
    - No – la interrumpió Vaarnelke con brusquedad -. Puedo solo. Duerme, por favor. Necesito que descanses, que te encuentres bien.
    - ¿Y tú? ¿Acaso los tuyos no duermen? – Lāra lo miraba con sus ojos curiosos a través del fuego. El Cazador no quería descifrar lo que decían esos pálidos ojos azules.
    - El sueño no se hizo para los erelef tavelen.
    - ¿Ere…?
    - Perdón. Los hijos de la soledad. Sé que puedo soportar todavía un poco más – mentía -. Duerme. Yo velaré tu sueño.
    Ella se quedó dormida sobre la hierba, cerca del pequeño fuego de Vaarnelke, única luz en un mundo de frío y oscuridad. El Cazador se levantó y la cubrió con su capa, protegiendo a la muchacha del frío, y la observó dormir. El fuego iluminaba su rostro algo anguloso, pero delicado, oculto en parte por la larga y suelta cabellera, de un negro sumamente oscuro en esa noche oscura también. Su piel era de azul pálido y vestía harapos, pues quienes la habían secuestrado le habían quitado todo, a pesar de que no se podía negar la sangre que le corría por las venas.
    En su rostro dormido se reflejaba la paz de un sueño ajeno al recuerdo de aquellos que primero la habían querido viva, pero lejos de su hogar, y ahora muerta, sin importar dónde o cómo fuera.
    - Tamare mar-rolver taale asvel tor liandel ol urnel[2]– pensaba Vaarnelke.
    La siguió observando mientras dormía, reflexionando en silencio. Y cuanto más la observaba, más se daba cuenta de que la amaba, la amaba infinitamente, para bien y para mal. Tenía ya sesenta y dos años, habiendo consumido ya un tercio de su existencia, y llevaba la mitad de éstos recordando todo lo que por su amor había perdido. Por él había sido feliz junto a Ivone, la Dama, por un breve tiempo, pero luego la había perdido, y después a su patria y a la mayoría de sus gentes. De los pocos sobrevivientes él se había alejado y llevaba treinta años exiliado, vagando por Aeren, por Esera, por el mundo. Tres largas décadas en las que había sido fiel a su palabra, la de no amar nunca más a otra mujer para no traer ni provocar más dolor. Sin embargo, amaba, amaba con locura y con ternura. ¿Y si había llegado el momento de romper su palabra? ¿Y si ella era acaso por la que él abandonaría la soledad, como una vez, muchos años atrás, en su niñez, le dijera su padre? Pero… ¿y si no lo era? ¿y si no le causaba más que dolor? Pero, más importante aún, ¿y si ella no lo quería? Sabía que lo veía como un salvador, pero desconocía que otras cosas se gestaban en su corazoncito. Si ella no lo quería (porque él era de otra raza, porque simplemente no le gustaba, o por cualquier otro motivo), él podía aceptarlo, y todo sería fácil, muy fácil; pero si ella también lo amaba, ¡ay!, el Cazador tendría que elegir entre el pasado y el presente, entre el recuerdo de pretéritas penas y alegrías, y la posibilidad de otras nuevas.
    Suspiró con una expresión más triste que de costumbre en su rostro cansado, y cerró los ojos para no llorar.



    - Falta poco para llegar – comentó Vaarnelke algunas noches después. Removía con una rama la hoguera que ardía en la pequeña cueva en la que una fuerte tormenta de nieve los había obligado a refugiarse.
    - Lo sé – contestó Lāra, sentada frente a él, mirándolo con sus pálidos ojos azules.
    - ¿No te alegra eso acaso?
    - No será lo mismo sin mi hermano.
    - Pero él te salvó.
    - Lo intentó.
    - No – el Cazador levantó por un momento la voz antes de volver a su tono tranquilo -. Vārak me salvó primero a mí, cuando me desangraba por una larga cacería. Me dejó en vuestro… ¿cuál es la palabra? ¿alcázar?
    - Sí.
    - Alcázar. Él partió en seguida, para seguir buscándote. Yo lo hubiera seguido de inmediato, a pesar de mis heridas, pero no desperté hasta tres días después de su partida. Soy el Cazador, así que seguí su rastro – hizo una breve pausa -. Lo encontré muerto – dijo con voz hueca -, junto a tres soldados de rojo y verde.
    - De la casa de Kānir. Provocará una guerra civil y tomará la ciudad-estado de Sāra, que está bajo nuestro dominio, si sigue así.
    - Tomé el broche de su capa – continuó Vaarnelke, sin prestar casi atención a la interrupción – y seguí buscándote. Lo demás ya lo sabes. Pero ahora tienes que pensar que, sin él, no estarías aquí, ahora… conmigo.
    - Y te lo agradezco, pero…
    - ¿Pero qué? Tu hermano dio su vida por tu libertad, y yo casi toda la mía también. ¿Tan poco ansías volver a ver el lugar donde naciste, Lāra? – había un brillo extraño en los ojos del Cazador, una ansiedad y una fuerza en sus palabras que desmentían su cansancio.
    - No es eso, Grā – contestó Lāra, impresionada por lo apasionadas de las palabras de Vaarnelke.
    - ¿Entonces? – el Cazador ya había vuelto a su calma habitual una vez más.
    - Quizás no quiera volver a donde me tengan todo ordenado, a donde me digan qué y cómo hacer todo a cada momento. Quizás no quiera eso, quizás quiera… viajar, conocer otros lugares, otros pueblos…
    Vaarnelke no esperaba una respuesta así. No esperaba encontrar un espíritu tan cercano al suyo, que compartiera el más fuerte de sus deseos. No lo esperaba, y se quedó en silencio, sin saber verdaderamente qué decir.
    - ¿Grā? ¿Estás bien?
    El Cazador parpadeó y la miró directamente a los ojos, que estaban sumamente cerca de los de él, así como sus manos tocaban sus blancas mejillas.
    - ¿Grā? – dijo Lāra, y la ternura desbordaba de cada una de sus palabras – Yo te quiero, Grā, porque me salvaste, y porque eres diferente. Sé que podrías darme el tipo de vida que quiero.
    Tanto, tanto la quería Vaarnelke que se sintió morir cuando tomó las manos de ella entre las suyas y las separó de su rostro.
    Tanto, tanto la quería que no supo qué responder.



    - Te quiero, Grā, te quiero – dijo Lāra en el borde un bosque helado. A lo lejos se dibujaban las líneas de un alcázar. - ¿Por qué no podemos estar juntos?
    - Porque tengo que ser fiel a mi palabra, a pesar de todo – y en cada sílaba se notaba cuánto esto le pesaba al Cazador.
    - ¿Pero por qué?
    - Por mi anterior amor causé la ruina y destrucción de mi pueblo y de mi tierra natal. No quiero – dijo débilmente – que eso vuelva a pasar, que mueran miles por mi culpa una vez más.
    - Eres un cobarde – le espetó la muchacha, llena de rabia -. Sí, un cobarde, si en verdad no estás dispuesto a luchar por lo que sientes – tenues lágrimas recorrían sus mejillas -. Te ofrecí todo, Grā, todo mi amor, y aun así me desdeñaste. No quiero volver a verte. Vete, vete. Ahora te odio, te odio, te odio…
    Y con el eco de esas palabras destrozándole, Vaarnelke, el Cazador, abandonó a la mujer que amaba, por ser fiel a un recuerdo, por ser fiel a una promesa hecha tres décadas atrás. Ignoraba completamente toda la sangre que se derramaría por eso.

    [1]“Por la sangre y la muerte”.
    [2]“Ojalá fuera el sueño para mí consuelo y olvido”.

  10. #20
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    Perdón, capás que se malinterpretó, el comentario estaba lejos de decir que alguna de las explicaciones no tiene sentido, lo que decía era que algunas de las preguntas que generan esas explicaciones no me parece que sería lógico que el personaje las realizara, a modo de ejemplo de lo que me refiero: el protagonista pregunta a su padre por el color de las cosas siendo que él vivió toda la vida con ellas, al lector que siempre vivió con el pasto verde y el agua del mar azul le es sumamente relevante y llama la atención que estos colores no se mantengan en tu mundo, pero me parece que quizás ese tipo de cosas se puedan incluír como comentarios del narrador entre el diálogo y no como preguntas.
    No se si fui demasiado claro, pero la idea que me gusta usar en los personajes es la de lograr la mayor empatía posible, me parece que lo lográs bastante bien, pero capás que hay alguna cosilla en la que me hago a mi mismo la pregunta "¿Qué haría o preguntaría yo si estuviera en el lugar de ese padre o ese hijo?" y no coincido en la respuesta.
    De todas formas lejos de ser una crítica a modo de "corrección" ni nada por el estilo (porque no creo tener suficientes conocimientos como para hacer correcciones a nadie), es una simple opinión.

    Muchas gracias por tu receptividad.
    Última edición por pabcn; 26/02/2013 a las 19:01

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