Tanto, tanto tiempo....
Dejo el siguiente relato y reordeno el índice.
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Televke nerve rolven vare 'reno varen
(Todo bosque es el recuerdo de un recuerdo)
“Televke nerve rolven vare ‘reno varen.” [1]
En esas palabras meditaba un herido Cazador, sumido en recuerdos de tiempos lejanos, en bosques y risas y lágrimas e infinitos recuerdos, alegres y dolorosos al mismo tiempo, hasta que oyó un ruido peculiar que venía del bosque.
Se encontraba en un frío claro, un hueco en una vasta arboleda, junto a un fuego. Envolvía su figura con un manto sucio y raído. La túnica que llevaba estaba manchada de sangre y barro, y rasgada en varias partes. Su cuerpo, blanco y delgado, tenía muchas heridas recientes, y estaba cubierto de sangre. Jirones de su túnica hacían de vendas sobre cortes que todavía dejaban escapar su sangre azulada, y llevaba un fino pañuelo rojo en el cuello. Su rostro, oculto por la capucha, sucio, ojeroso y ensangrentado, revelaba un agotamiento y un dolor extremos. Incluso sus verdes cabellos estaban sueltos, y los mechones se habían enredado y pegado con la sangre que había perdido.
Era un día gris, de un frío cruel y cortante, en un bosque cubierto de nieve, sucia y teñida de azul por la sangre, por una batalla que había sido terrible.
- No soy aquél a quien buscáis, señor – dijo Vaarnelke con dificultad, cuando el ruido acercó lo suficiente al claro.
- Me creía el mejor de todos los rastreadores – dijo una figura, saliendo del bosque, entrando en el claro, por detrás del Cazador. Llevaba la espada desenvainada y…
- No hace falta que me matéis, señor – Vaarnelke todavía no se había movido - . Soy un simple cazador, y aquí, donde la blanca nieve se tiñó de azul, tuvo lugar el fin de mi cacería. Relajaos, guardad la espada, y sentaros junto al fuego.
- Sea. – La figura envainó y se sentó sobre un tronco, frente al Cazador, con la mano sobre la brillante empuñadura de su hierro.
Era un Lāram, un miembro del pueblo más numeroso de aquella región. De complexión robusta y piel de un azul apagado, en su cabeza un tanto animálica destacaban unos ojos anchos, vagamente rasgados, ojos que tenían iris y pupila, no como los de los Arkun, que eran de un único e indistinto color. El cráneo se alargaba mucho hacia atrás, curvándose hacia abajo. Los cabellos eran negros, y parecían muy cuidados para alguien que andaba por tierras salvajes, divididos en una multitud de finas trenzas, adornadas de plata. Las orejas eran largas y caían hacia atrás también. La nariz era pequeña en el rostro corto y la boca no muy amplia. Vestía como un guerrero, aunque con cierto lujo, gruesas pieles y duro hierro.
- ¿Cómo va la caza? – preguntó el desconocido tras un breve silencio, en el que no había hecho más que mirar a Vaarnelke.
- Larga y agónica – contestó éste -. Doce días con sus noches duró, hasta que, agotadas ya las fuerzas de ambos, di muerte aquí a mi terrible perseguidor. Entonces di gracias a la Cazadora[2], y me quedé aquí, descansando. Llevo así ya dos días enteros, y…
- ¿Y qué fue lo que cazasteis?
- No sé si tenía nombre. Yo no le di ninguno. Era un animal blanco y muy grande, con ojos amarillos y cuernos.
- Es difícil creeros, señor.
- No tenéis que creerme si no queréis. Pero – el Cazador, con voz cansada, señaló un lugar en el bosque – allí está su cadáver, del que extraje la ofrenda y el sustento que necesitaba. Dejé el resto para los demás habitantes del bosque.
El Lāram se levantó y fue al lugar señalado por Vaarnelke. Se veían en la nieve y en la tierra, en los arbustos aplastados, las marcas de alguien arrastrando algo muy grande y pesado. Cuando volvió, su rostro mostraba una inmensa sorpresa.
- Os pido perdón, señor – dijo haciendo una elegante y florida reverencia -. Soy Vārak, señor de estas tierras. Mi hogar está a tres días de viaje hacia el Este. Realmente os habéis ganado mi respeto, pues habéis matado a un monstruo que era una leyenda para los míos.
El Cazador, que desconocía formulas de cortesía tan complejas, se echó hacia atrás la capucha y contestó:
- Mi nombre no os diría nada, pero para vuestro pueblo soy Grā[3]-. Soy un cazador, un vagabundo, y pertenezco a la raza de los Arkun.
- Debéis de venir de muy lejos, señor – dijo Vārak, sentándose de nuevo -, pues nunca antes había oído de un pueblo como el vuestro.
- Mi patria se perdió, y renuncié a tener otra, hace ya poco más de tres veces diez años. Desde entonces he vagado por todo el mundo.
- Lo siento.
- ¿Qué importancia tiene? – el rostro de Vaarnelke se ensombreció por un momento, las palabras le salían con dificultad -. Lo importante ahora es que os ayudaré en vuestra búsqueda.
- ¿Cómo…?
- Ya en mi tierra natal era el mejor en mi oficio, y llevo toda mi vida vagando por bosques y llanuras. Puedo decir sin temor a equivocarme que esos son avíos para la guerra, no para la caza. Lleváis además una espada, y no una lanza, arco o flechas. Por eso sé que buscáis a alguien, y no a algo.
- Razón tenéis, señor – contestó el Lāram -. ¿Pero por qué queréis ayudarme? Apenas me conocéis, señor, y nada sabéis del peligro al que me enfrento.
- Por honrar una vieja costumbre, y por ayudar a un hermano cazador.
- Sea – dijo tras un momento Vārak. La ayuda no le vendría mal, después de todo -. Si habéis cazado semejante bestia, seguramente podréis ayudarme a buscar a mi… ¿Señor, os encontráis bien?
Pero el Cazador, agotado por el esfuerzo de tantos días, por el frío, el hambre y el sueño, había perdido el conocimiento tras levantarse.
Notas:
[1] "Todo bosque es el recuerdo de un recuerdo"
[2] Nurla, diosa de la sangre y la caza.
[3] "Cazador"